Hace unos días me reuní con un grupo de estudiantes de posgrado para analizar la situación geopolítica actual.

Fue un interesante intercambio de ideas, en el cual percibí el desapego a ciertas creencias y valores que, para mi entender, pone en peligro la supervivencia misma de la democracia liberal y del Estado-nación, tal como lo conocemos hoy.

Me impactó evidenciar que, para esos estudiantes, la improvisación de los tomadores de decisiones es uno de los peores males que aquejan a las sociedades, pues no responden a objetivos, sino a impulsos, a la falta de preparación y hasta a la imposición de otros intereses.

En ello ejemplificaron con una plétora de acciones de Gobiernos alrededor del mundo y concluyeron que la improvisación tiene consecuencias colaterales que pueden provocar discapacidad y muerte.

Una democracia liberal fracturada por quienes deben defender las normas constitucionales augura el imperio del autoritarismo impuesto a la ciudadanía sumisa. Sumado a ello, la inoperancia, ineficiencia, corrupción y hasta ignorancia, nos llevarán a sistemas de gobierno que no merecen la confianza de los electores.

Una polarización violenta, que no está anclada ni siquiera en divergencias ideológicas, sino que responde al inmediatismo y a la improvisación, nos dejará un futuro triste.

Barcos a la deriva en mares tormentosos que navegan por impulsos, sin horizontes ni visión de mediano y largo plazo.

Hoy vemos a las potencias anteponer sus intereses bajo el argumento de “seguridad nacional”, para dar al traste con el derecho internacional y los acuerdos de la comunidad internacional. Romper la esencia de la convivencia internacional traerá confrontaciones de todo orden y puede llevar a consecuencias funestas para las naciones más vulnerables.

Mala cara tiene el futuro dejado en manos de la improvisación y los impulsos. Todos estamos marchando, al ritmo del Tik Tok, hacia un abismo sin fondo.

En el mundo hemos avanzado en la sistematización del conocimiento y contamos con sofisticadas herramientas de inteligencia artificial, sin embargo, resulta que arriba un grupo de improvisados, muchas veces mercenarios de otros intereses y de otras creencias, imponen decisiones que a la larga afectan gravemente a los ciudadanos de una democracia.

Ocurre en todo el mundo, pero lo preocupante es que ocurre en la potencia más importante.

Los Gobiernos del mundo enfrentan un sinfín de retos que podrían ser superables, si hubiese el sentido del bien común para tomar decisiones meditadas y no motivadas solo por intereses económicos y cálculos electorales.

El impero de nuestros derechos son el cimiento de la democracia alternativa, no la perduración en el poder, ni la imposición mediante amenazas y terror.

Mientras dependamos de las improvisaciones de los mandatarios mundiales y sus equipos, muchos más morirán innecesariamente. Un triste presagio que debe cambiar. (O)