La semana que pasó asistimos a uno de los momentos más críticos del mandato del presidente Guillermo Lasso. Cuando nos aprestábamos a pasar un largo feriado por el día de los muertos y las fiestas de Cuenca, el traslado de unos presos desató una serie de actos violentos que pusieron en vilo a la sociedad y a prueba a las fuerzas del orden.

De pronto, los ecuatorianos presenciábamos atónitos cómo la violencia, que en el último año se había venido agravando, de golpe y porrazo se precipitaba aceleradamente con el paso de las horas, amplificada por las redes sociales, algunas empeñadas en posicionar el pánico colectivo para justificar un discurso político desestabilizador.

En ese ambiente de zozobra y desasosiego vimos a un presidente firme al frente de las fuerzas del orden, liderando acciones que por muy duras que fueron, consiguieron calmar ese vendaval de violencia y devolver la respiración al país. Bien por el presidente, bien por las fuerzas del orden, bien por la democracia, bien por el país.

Como lo he dicho antes, estoy convencido de que el presidente Lasso llegó al poder con la intención de cambiar positivamente al Ecuador.

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Dicho esto, y pasada la tormenta, quiero hacer una reflexión sobre el tema.

En esta columna procuro decir lo que pienso. Y lo hago porque creo firmemente que esa es la manera honesta de aportar al país. De honrar la confianza que este Diario me ha depositado, al concederme este pequeño espacio semanal.

Como lo he dicho antes, estoy convencido de que el presidente Lasso llegó al poder con la intención de cambiar positivamente al Ecuador.

Pero para gobernar, se necesita equipo.

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En materia de seguridad, creo que buena parte de sus colaboradores le han fallado; que no le han informado con transparencia la realidad de la crítica situación por la que atraviesa el país; en alguna medida, a eso se debe que, durante todo este tiempo de su mandato, la situación de violencia en el país se haya agravado, a tal punto de llegar al clímax de la semana pasada. Y sí, fue reconfortante ver al presidente al frente, tomando con firmeza el mando de la situación en momentos tan apremiantes; pero antes de esto, el país ya venía viviendo más de un año de zozobra, de muertes en las cárceles y en las calles, de “vacunas” esparciéndose cada vez más por las ciudades, de secuestros no reportados, de víctimas inocentes, de madres a las que no les consuela saber que su hijo murió porque esa semana se decomisaron más kilos de droga.

Y, por otro lado, no puedo dejar de manifestar que detrás de esta problemática de violencia están la pobreza y la falta de educación (que representan una gran deuda social del Estado con su pueblo), por lo que también debe ser enfrentada con políticas públicas de asistencia y reinserción, permanentes y de largo plazo. Porque, de poder a poder, de fusil a fusil, de bala a bala, tendremos un país desangrado por cincuenta años, sin que existan vencedores ni vencidos.

La violencia no terminó la semana pasada. Sigue viva en las cárceles, en las calles y en las familias de todo el país.

Dios bendiga al Ecuador. (O)