Alguna vez se ha preguntado: ¿qué es más importante, todo el país o una parte? Si su respuesta es sí, usted comparte una de las grandes interrogantes de la Filosofía. Según su opción, usted puede ser Monista o Pluralista. Para el enfoque Monista, el todo es más importante que la parte, eso lleva a pensar en lo comunitario; mientras para el Pluralismo las partes son trascendentales y se obligan a un análisis complejo.
Si la parte es más importante que el todo, el esfuerzo debe estar en analizar cada aspecto, cada elemento que compone el todo. Y a partir de ese enfoque es más fácil priorizar cualquier acción. Por ejemplo, si en un hogar hay varios frentes que cubrir, el análisis de las partes tiene por ventaja la capacidad de descomponer ese todo en unidades más pequeñas y así abordar cosa por cosa.
Si el todo es más importante que las partes que lo componen; aquella perspectiva tiene el “pero” de enceguecer; porque al eliminar –en el análisis– a las partes, se expone a descuidar áreas que inciden en el bienestar del todo.
Se tiene varias ventajas al identificar las unidades pequeñas, organizarlas y priorizarlas. Primera ventaja, cada problema se fracciona en entidades más simples y, por lo tanto, es más fácil determinar cómo actuar. Segunda, al organizar las cosas por importancia, se logrará distinguir aquellas en las cuales es más urgente intervenir. Tercera, al comprender la situación de cada parte, se priorizará, segmentará o atenderá por un orden del que será fácil rendir cuentas.
El pluralismo reconoce el poder de cada elemento y nos devuelve la humildad necesaria para valorar al otro al ser conscientes del rol y efecto que pueden tener en el todo.
El pluralismo permite tomar decisiones más integrales y sensibles a la diversidad.
De ahí, que la gestión en todos sus niveles, y particularmente la política, requiere comprender los intereses de los grupos. No es posible gobernar sin considerar a cada grupo social; de ahí, que los discursos de revancha y odio, que pretenden hacernos ver como una unidad (un solo elemento), son peligrosos.
El Ecuador es -por su características geográfica, lingüística, histórica y social- un país diverso, complejo de entender y gobernar. Por ello, requiere la concurrencia de cada parte y voluntad. Sin embargo, los resultados de las elecciones pasadas configuran un electorado aparentemente polarizado; aquello es parcialmente cierto, porque les guste o no deben considerar a quienes no votaron por ninguno de los candidatos finalistas.
Y es justamente en las otras partes: los grupos de partidos políticos marginales, los que no sufragaron o los que votaron en blanco o nulo, los que tienen que ser analizados por los candidatos que pretenden gobernarnos. En el análisis debe identificarse: ¿por qué algunos ciudadanos optaron por otras candidaturas o simplemente decidieron anularse como votantes?
Esperemos que quien gane tenga la valentía de reconocer la importancia de cada grupo social y la entereza de definir las líneas prioritarias de actuación. (O)