Hoy se celebra el Día del Amor y la Amistad, un día en el que aparece de manera especial la tensión entre el poder de la seducción y el festejo de las relaciones genuinas.
Ahora, que venimos saliendo de la primera vuelta electoral, me pongo a imaginar ¿cómo seríamos los ecuatorianos si fuéramos un sujeto en una relación de pareja con los candidatos de las elecciones?
Pensando ligeramente, se me ocurren tres características que nos definirían en esa relación.
¿Qué representa para el país el resultado de la primera vuelta?
Primero, seríamos muy fáciles en términos amatorios, porque estamos enamorados del cortoplacismo. Tomamos decisiones de manera impulsiva pensando en lo inmediato, entonces caemos rapidito en las trampas seductoras de las promesas falsas y expectativas infladas que nos declaman nuestros pretendientes candidatos.
Nos derretimos cuando nos dicen: “Voy a acabar con la inseguridad”. Soñamos con la llegada de ese príncipe o princesa que nos resuelva la vida ya, sin esfuerzo ni sacrificios.
Segundo, somos la pareja soñada porque no tenemos memoria y lo perdonamos todo. En cualquier relación, el perdón es importante, pero olvidar los errores sin aprendizaje es un problema. Cada elección nos juramos que “esta vez sí hemos aprendido la lección”, pero ahí estamos, volviendo a caer. Nos mintieron antes, nos fallaron, nos defraudaron, pero cuando regresan los recibimos como si nada hubiera pasado y estamos dispuestos a darles otra oportunidad, porque creemos que el amor es más fuerte que la dignidad golpeada.
Tercero, somos de esos que hacen de la vista gorda frente a la mentira con tal de no quedarse solos. Hemos perdido la capacidad de asombro frente al engaño, porque la emoción puede más que la razón. En este coqueteo de campaña, estamos dispuestos a creer y repetir mentiras sobre los adversarios políticos, como si fueran los “ex”. Preferimos defender lo indefendible antes de cuestionar a quienes apoyamos.
En síntesis, tenemos todas las señales de alguien atrapado en un romance tóxico.
De todo esto, una de las cosas que más me preocupan es la normalización de la mentira y las fake news como un recurso estratégico. El uso deliverado del engaño. Hablamos de mentiras planificadas, diseñadas para manipular, polarizar y ganar elecciones, sin importar las consecuencias.
Un escenario donde la política está dejando de ser un juego de ideas y propuestas para convertirse en un espectáculo de narrativas manipuladas, donde la verdad importa menos que la efectividad del mensaje. El fin justifica los medios.
¿Por qué ocurre esto? Porque vivimos en una era de sobreinformación, donde la verdad es más difícil de identificar y las emociones pesan más que los datos; se prefiere la mentira que refuerza nuestras creencias previas antes que dudar; se ha roto el contrato de honestidad entre políticos y votantes: ya no esperamos que nos digan la verdad, solo queremos que nos digan lo que queremos oír.
Entonces, volviendo a nuestro romance electoral, el mejor regalo que nos podemos hacer en este día es recuperar el amor propio como ciudadanos y reflexionar bien sobre nuestra decisión. Feliz Día de San Valentín. (O)