Un hombre está al lado de su mujer que le reclama que él haya mentido. El hombre, abochornado, se arma de valor y le confiesa que, en efecto, estuvo viendo la televisión porque no puede dejar de ver… “novelas” coreanas. La publicidad lo resume diciendo: “Mira novelas sin culpa” y le ofrece un paquete especial con más cantidad de gigas.

Cuando leí esta frase pensé: las novelas no se ven, se leen. De lo que estaban hablando es de telenovelas o teleseries. El nombre es un derivado de las radionovelas o radioteatros. Las palabras en el uso coloquial tienden a la reducción por eficacia, por eso todo añadido que las multiplique a manera de impostación no tiene futuro, por más políticamente correcto que se quiera ser. La aféresis de telenovela por novela corre el riesgo de que se pierda el alcance de cada una. Sin embargo, más que la corrección me interesa observar el vínculo entre el volumen de las historias y el sentimiento de culpa. Es cierto que desde que se cuenta con una variedad de plataformas por internet, ha aumentado el número de adictos. Quizá muchos recordarán todavía esa época en la que había que sincronizar los relojes para no perderse la película o la serie a la hora exacta, a diferencias de la posibilidad asincrónica de hoy en día. Y no sólo eso: el fin de la trasmisión, que por lo general llegaba alrededor de medianoche, a veces sazonada con… el himno nacional. Medio dormidos, el espíritu patriótico se revolvía en la duermevela como si fuera una pesadilla de alistamiento a la guerra. Luego se iban las imágenes en movimiento y quedaba un continuo intermitente de grises o bien una imagen fija de ausencia de señal con una serie de barras de colores vivos. Había que apagar el televisor e irse a dormir. Hoy en día el continuo de trasmisión sigue sin que nosotros importemos en lo más mínimo. Genera, por lo tanto, la posibilidad inaudita de seguir viendo la pantalla.

Las novelas, esas que narran historias a través de palabras y que se pueden alargar durante cientos de páginas, generan también adicción. Adicción que ha sido magistralmente tratada o aludida en clásicos como el Quijote o Madame Bovary, y hasta en novelas más cercanas como Farenheit 451 de Ray Bradbury o El viejo que leía novelas de amor, de Luis Sepúlveda, y decenas de bestsellers como el ratón lector del Firmin de Sam Savage. La ironía suprema es que las mismas novelas tienen la capacidad de reírse de sí mismas con esta autocrítica. Rousseau lo declaraba en las primeras líneas del prefacio de La nueva Heloísa,: “Necesitan espectáculos las grandes ciudades, y novelas los pueblos corrompidos”. Y a continuación vienen las mil páginas de su novela.

No hay que explicar demasiado la necesidad de fugarse hacia lo imaginario. Lo que sí implica un problema es el sentimiento de culpa por esta adicción, al punto que los seres humanos tienden a ocultar lo que leen, como el caso de adolescentes que esconden la pila de novelas rosa o juveniles, los adultos que cubren las portadas de los libros para que nadie sepa lo que está leyendo, y hasta quienes se retiran por el placer de leer sin que nadie se los reproche. Más que por la inversión de tiempo y la no retribución inmediata o práctica, me ha parecido que la llamada de atención por la lectura implica un afán de posesión sobre el lector que huye de las coordenadas previstas para él defendiendo su individualismo, y quizá también el temor de que adquiera una cierta conciencia sobre su propia vida, que es de lo que tratan todas las novelas aunque hablen de historias de amor o de guerra.

Pero vuelvo a las telenovelas y películas, concretamente a las coreanas. He visto algunas desde las magníficas películas de Lee Chang-Dong, Kim Ki Duk hasta Bong Joon-Ho, con su lograda Parásitos, y tampoco se me escapan –aunque ya no me interesan– las desbordantes series de zombies o la sensacionalista Juego del calamar, escrita y dirigida por Hwang Dong-hyuk. El filón coreano de producción cinematográfica, en cualquier caso, se suma a crear esta adicción.

¿Hay que sentir culpa? Cualquier adicción la produce. Sin embargo, la ficción puede llegar a un punto de saturación y quiebre donde se regulará por sí misma. Creo que a diferencia de las dependencias bioquímicas externas, desde los psicotrópicos a los antojos culinarios, la ficción siempre termina por abordar algún plano personal que remueve la conducta del adicto imaginario y empieza a operar como advertencia. Esa voracidad por seguir viendo o leyendo ficciones es, en el fondo, una búsqueda de lo humano, un deseo de comprender a las comunidades en ese marasmo de la realidad en la que se pretende imponer una línea de sentido de lo práctico y conveniente, una línea de creencias considerada como único parámetro real, y que precisamente la ficción, la buena ficción, sabotea apostando por la conciencia sobre cómo se arman las historias o las convicciones o los prejuicios. Abandona, parece decir la ficción, no creas todo lo que te dicen, mira cómo las personas se equivocan y luego se arrepienten y tratan de corregir lo que pensaron que era lo mejor y que, sin embargo, sólo les trajo dolor. No quiero decir con esto que las ficciones televisadas no generen una dependencia por la actitud extremadamente pasiva desde la que se contemplan. La lectura de novelas exige más que lo audiovisual. Se podría seguir discutiendo lo específico de cada manifestación. Pero la culpa es la que debería revisarse. Sea porque disponga de más gigas de conexión o porque tenga una biblioteca gratuita al alcance de la mano, la ficción es la errancia menos dañina del ser humano. Así que mira telenovelas y lee novelas sin culpa, que siempre te pueden llevar a un puerto insospechado para abrir un nuevo horizonte. (O)