Cuando pensamos en elecciones se incluyen disimuladamente una multitud de engranajes. Los más superficiales forman parte del decorado de una representación supuestamente “universal”, hoy en crisis. En este escenario se lleva a cabo la contienda electoral ecuatoriana. Pero las emociones de las masas, cada vez más volátiles, son aprovechadas como combustible por el populismo. Este las emplea para constituir una obra teatral que simula una democracia. Mediáticamente, el evento refleja más una pugna por la imagen del régimen político que un punto de inflexión histórica. Si medimos las elecciones a la luz de la libertad, es un duelo imaginario porque no pone en cuestión la administración de la explotación estructural.

Hoy, la administración pública lleva las marcas de Rafael Correa, quien se declaró autoritario el primer día de su mandato al no jurar respetar la Constitución vigente. En 2009, Correa sermoneó: “el presidente de la República, escúchenme bien, no es solo el jefe del poder Ejecutivo, es el jefe de todo el Estado ecuatoriano”. Por eso ni Moreno ni Lasso pudieron consolidar su autoridad. En cambio, en poco más de un año “Noboa ha logrado permear casi todas las instituciones del Estado” según observan Juan Diego Quesada y Carolina Mella de El País. Por otro lado, es difícil atender a las propuestas de Luisa González cuando su patrón está en su sombra. Si bien su discurso apela a la inclusión étnica y al desarrollo, también se rehúsa a condenar la tiranía venezolana donde se ha sofocado a toda oposición. Incluso concedería el salvoconducto a Glas, un objetivo compartido con Maduro. No es que Ecuador no tenga líderes sensibles a la dignidad humana; es el sistema el que selecciona al autoritario como el mejor representante del Ecuador.

Pero las raíces del paternalismo déspota preceden la administración correísta. Hemos apuntado ya a la figura del hacendado, aquella personificación de la acumulación de tierras y la explotación de etnias no blancas que superó a la empresa colonial. Aunque el modelo de hacienda fue formalmente abolido, su legado es visible. No solo hay casos literales como Furukawa Plantaciones, sino que su impronta institucional incapacitó al Estado para ofrecer servicios democráticos, fertilizando el desarrollo de la gobernanza criminal. Su relevancia se percibe en el “presidencialismo fuerte” que se avecina con la nueva Asamblea, gane quien gane la jefatura. El autoritarismo no es una incoherencia del sistema, sino su resultado lógico; es un eco del patriarca de la hacienda cuya legitimidad reside en su señorío patrimonial.

Desde este ángulo de visión, no solo no hay segunda vuelta, ni siquiera hay elección. El Estado ecuatoriano es como un bus que, construido bajo una lógica de explotación colonial, desvía consistentemente el aire acondicionado a los vip, sin importar quién conduzca. En estas condiciones, la cuestión de por quién votar pierde su relevancia, aunque técnicamente sea obligatorio. Confinar el destino del país a esta elección ignora lo sustancial del asunto. Que debamos seguir actuando en este teatro es una creencia que puede ser desmontada desde nuestra propia posición. Pese a las apariencias, es posible abandonar el rol para el que hemos sido amaestrados. Tan pronto inicia esa reflexión se disipa la oscuridad que el drama proyecta amenazadoramente sobre nuestros ojos. Que la oscuridad no sea una sustancia sino una ausencia lo demuestra hasta la vela más pequeña. “Vosotros sois la luz del mundo”. (O)