Gloucester vive una tragedia en medio de otra tragedia. Edmundo, su hijo malvado, lo engaña. Le hace creer que Édgar, su hijo bueno, es un embustero. Gloucester cae en la trampa. Solo cuando un enemigo le arranca los ojos, entonces se da cuenta de que Edmundo es un rufián y que Édgar siempre fue fiel. La tragedia que Shakespeare cuenta en El rey Lear, es que Gloucester tuvo que quedarse ciego para poder ver la realidad.
Los iusfilósofos que redactaron la Constitución de Montecristi nos hicieron creer que los sectores estratégicos debían ser un monopolio absoluto del Estado. Las empresas públicas debían ser las únicas en generar, transmitir y distribuir energía. Nos dijeron que esa era la mejor forma de hacerlo. Y nosotros caímos en la trampa. Se gastaron miles de millones en contratos embarrados de corrupción y en represas mal hechas que todavía no pueden ser entregadas. Inisistieron en una sola fuente de generación de energía y no en la diversificación. Celebraron contratos colectivos otorgando absurdos privilegios a los trabajadores de las empresas públicas. La consecuencia es falta de inversión. Según estiman los expertos, hay un déficit de trece mil millones de inversión en el sector energético.
Nuestro error es no abrir los ojos y ver lo que sí funciona. Miremos al servicio de agua en Guayaquil. Cuando yo era chico, el agua llegaba a las casas en tanqueros, había cortes constatemente y epidemias de cólera. Pero el servicio de agua potable se concesionó a una empresa privada y ahora la gran mayoría de la ciudad tiene agua potable. Miremos al aeropuerto de Guayaquil. Hace treinta años uno esperaba su vuelo, que generalmente se retrasaba por horas, en medio de perros y gallinas. Pero el servicio se concesionó a una empresa privada y hoy nuestro aeropuerto es constantemente premiado como uno de los mejores de Latinoamérica. Finalmente, pensemos en el oleoducto de crudos pesados. El Estado concesionó a la empresa privada la construcción de un oleoducto que permitió duplicar las exportaciones de petróleo.
Estos ejemplos de éxito tienen cosas en común. Es fácil verlas. Primero, se trata de concesiones a la empresa privada. Segundo, fueron hechas bajo el marco jurídico de la Constitución de 1998, que permitía la inversión privada y la suscripción de tratados internacionales de protección de inversiones con la obligación de sometimiento a arbitraje internacional. Y, tercero, se hicieron gracias a la determinación política de ese gran presidente que fue Gustavo Noboa.
Hoy, como Gloucester, nos vamos quedar en tinieblas. Tal vez esa oscuridad nos permita ver lo que no hemos visto con luz. Tal vez esta tragedia nos permita entender que para solucionar la crisis energética tenemos que concesionar a la empresa privada, cambiar el marco jurídico para proteger a las inversiones y contar con la determinación política que haga todo eso posible. Tal vez podamos decir con Gloucester: “Solía tropezar cuando veía. Es muy frecuente que los bienes nos hagan confiados, y la carencia vaya en ganancia nuestra”. (O)