Algunas discusiones me parecen insólitas, entre divertidas y desconcertantes, y -¿por qué no?- reveladoras de una ignorancia supina sobre lo que ocurre en ciertos sectores populares. Una de ellas es la polémica en torno a la prohibición de fotografiar el voto que depositamos al elegir al primer mandatario o mandataria del país.

Quienes hemos votado durante décadas nunca sentimos la necesidad de documentarlo. El voto secreto es una conquista. Nadie me obliga, yo respondo ante mí mismo por mi elección, sin tener que rendir cuentas a nadie. Si quiero compartirlo, lo hago, pero a decir verdad, a pocos les importa mi voto individual. Lo que interesa es el resultado final.

Lo más curioso es ver a los propios candidatos exhibiendo su papeleta. No sé quién inició esa práctica inútil. ¿Dudan tanto de sí mismos que necesitan reafirmarse? ¿Temen haber marcado por error a su adversario? ¿O es, simplemente, un acto más de propaganda disfrazada de transparencia?

Pero el cuestionamiento a la prohibición deja ver un desconocimiento profundo de las realidades que enfrentan muchos ciudadanos. En barrios tomados por mafias que han montado su propio municipio dentro del Municipio, su propio estado dentro del Estado, donde cobran ‘impuestos prediales’, reparten tierras, imponen ‘seguridad privada’ y, por supuesto, obligan a votar por el candidato de su conveniencia, la foto del voto es la prueba de lealtad.

Y no solo son los Grupos Armados Organizados quienes ejercen esta coerción. También políticos, caudillos y líderes institucionales lo hacen, con métodos más sutiles, pero igual de eficaces. Por eso, cualquier medida que fortalezca el ejercicio básico -y mínimo- de la democracia debe ser celebrada. Elegir a nuestros representantes sin presiones es un derecho que no deberíamos dar por sentado.

Y entre la broma y la reflexión, me pregunto: ¿qué pasaría si las votaciones en la Asamblea fueran secretas? Imaginemos a los asambleístas votando sin que nadie pueda ver su decisión. ¡Ahí sí conoceríamos la verdad! Porque una cosa es levantar la mano ante las cámaras, o señalar públicamente en una computadora, y otra es dejar que la conciencia -o instinto de supervivencia- hable en privado. Las sorpresas estarían garantizadas. Tal vez el que siempre dice “no” votaría “sí” y el que proclama su inquebrantable “sí” haría lo contrario. Y no faltarían votos en blanco, no por duda, sino por ignorancia sobre el tema en discusión. El drama vendría al contar los votos. Caras de asombro, miradas acusadoras. “¿Quién fue?”. “¡Traidor!” Algunos buscarían culpables, otros se refugiarían en la indiferencia. Pero el verdadero problema surgiría después, cuando nadie quiera asumir el resultado. Porque en este país todos tienen principios firmes… hasta que llega la hora de asumir las consecuencias.

Quizás no sea una idea descabellada implementar un voto sondeo secreto en ciertos temas polémicos o en juicios políticos. Un sistema donde se publiquen los resultados sin que sea posible identificar a quién pertenece cada voto.

Pero después de mucho alboroto y reajustes partidarios, seguramente se decidiría que la votación siga siendo pública. No por transparencia, sino porque, sin saber quién votó qué, ¿cómo se reparten luego los favores? (O)