Barcelona dio un paso de Gulliver en la Libertadores. En lo que se avizoraba como el grupo de la muerte y la recontramuerte, ya acaricia los octavos de final en solo tres partidos jugados. Excelente. Y completamente insospechado dada la jerarquía de los rivales. Debe rematar la faena, desde luego, aunque con 9 puntos, 7 goles a favor y cero en contra ya puede ir gastando a cuenta del premio de la siguiente fase. Gracias a tan buena diferencia de gol, le bastaría igualar con Santos en el Monumental y le darían las cuentas. Con el triunfo de anoche les dejó la bomba en la mano a Boca y el Santos. Ahora es problema de ellos.

Pero las cuentas le dan porque el juego también le da. Fue un partido lento, sin intensidad ni emociones. Cuando en televisión quisieron pasar el compacto de las mejores jugadas del primer tiempo no había qué mostrar. Boca fue a echarse una siestita a Guayaquil, tal vez pensó que con ese equipo minado de suplentes le alcanzaba. Quedaron en Buenos Aires varios nombres importantes: Villa, Cardona, Fabra, Campuzano… Almendra y Medina, dos jóvenes que vienen siendo titulares, Zárate recuperándose de una lesión, Rojo volviendo del COVID… Y Tévez en el banco. Tiene un plantel largo Boca, pero igual son muchos remiendos. Russo armó un híbrido y jugó con hibridez. Y se volvió con el resultado lógico, la derrota. Si de verdad aspira al título, esa actitud no lo proyecta como candidato. Se pareció mucho a esos equipos que van directo a perder. Y pierden.

Frente a ese adversario tenue, insípido, Barcelona hizo su trabajo. Sin brillar, fue un equipo serio, intentó aprovechar las virtudes propias y lo que el rival le obsequiara. Y se quedó con una victoria preciosa y con más de media clasificación en el bolsillo. Ganarle a Boca siempre es edificante. No fue para arrojarse desde un décimo piso de la emoción, pero refuerza la idea colectiva de Barcelona. Nunca hemos hablado con Fabián Bustos, pero así, de lejos, se lo advierte un técnico que trabaja, que prepara bien los partidos, no da ventajas y capitaliza todo lo que el contrario le da. Y además, arma bien el cuadro, no quiere inventar, algo que los entrenadores adoran. Juegan los que deben.

Después del aburrido primer tiempo -en el que parecían satisfechos ambos-, Barcelona salió como determinado a darle una marcha más al juego, forzar. Y generó un par de llegadas. Ahí sobrevino el gol, al que definiríamos como gran gol, porque estuvo muy por encima del partido. Excelente pase de Damián Díaz a Molina, control y pase rápido a Pineida, punzante centro bajo al corazón del área chica y atropellada exitosa de Garcés. Brillantes los cuatro que intervinieron en la maniobra: Díaz porque ve pases donde los demás no los advierten, Molina porque no entretuvo la bola y abrió bien para la subida de Pineida, el lateral porque le confirió peligro de gol a darla de primera y Garcés por saber anticiparse a los centrales de Boca.

Más allá de la tarea conjunta hubo algunos puntos altos y muchos aprobados individuales (casi todos). Dentro de lo discretito del partido, Kitu Díaz puso luz al juego con varios intentos inteligentes de romper líneas a base de pases entre piernas. Muy inteligente para leer el juego, como siempre. Con Mario Pineida no sabemos si es cuestión de suerte: siempre que lo vemos, se destaca. Un magnífico lateral, con instinto de marca y proyección útil en ataque, como en el penetrante pase del gol. Y además, su fuerza física y anímica. Burrai fue otro, muy sobrio y firme, sobre todo en los centros aéreos. Garcés dio una lección de lo que es la función del 9: tocar una sola vez la pelota y mandarla adentro. Intuyó que esa bola podía ser la única que tuviera en toda la noche y le dio un usufructo fenomenal. El goleador debe tener, ante todo, paciencia, saber esperar que el juego le dé una ocasión. Si tiene una y la mete, jugó bien. Además, cuando pasen los años, la estadística dirá: Barcelona 1 - Boca 0, Carlos Garcés a los 61′. Suena atractivo para el autor. Byron Castillo cerró su punta, muy activo, rápido de reacción, bien marcando.

Esos cinco, un escalón arriba. Luego, muy positivo lo de Riveros, una columna en el fondo, resistente como buen zaguero paraguayo. Interesante lo de Nixon Molina, trabajador, y resolvió con acierto en el gol.

Una estadística que circuló en las redes es sumamente reveladora: el porcentaje de puntos obtenido en lo que va de la Libertadores: los equipos de Brasil 75.92 %, de Argentina 60 %, de Ecuador 58.33 %. Luego vienen: de Paraguay 46.66 %, de Venezuela 41.66 %, de Colombia 25 %, de Bolivia 20 %, de Uruguay 16.66 %, de Chile 0.06 %, de Perú 0%. No siempre los números dicen toda la verdad, pero ayudan a entender. Esto habla del efervescente momento del fútbol ecuatoriano, a nivel de selección y de clubes, entre los que deberíamos agregar a Emelec, de excelente desempeño en Sudamericana.

Pese a las diferencias de presupuesto de las entidades brasileñas y argentinas con el resto, se puede intentar algo grande. Las crisis económicas, agravadas por la pandemia, han debilitado los planteles de todos. Barcelona posee buena nómina y un cuerpo técnico al que se ve enchufado. Esta vez no se percibe a River tan fuerte como en años anteriores y Boca es esto que acabamos de ver, quizás mejore cuando vuelvan varios titulares, pero no mucho más. El gran candidato es nuevamente Flamengo, el único que dispone de siete u ocho o elementos de alta categoría como Bruno Henrique, Gabigol, Gerson, Everton Ribeiro, William Arão, Mauricio Isla, De Arrascaeta… Con siete buenos en un solo plantel, en Sudamérica, se hace demasiada diferencia. Si Flamengo mantiene la actitud, si sigue enfocado en la Copa, va a ser difícil tumbarlo. Pero esta Libertadores actual invita a atreverse. A todo. (O)