Goal.com, excelente portal futbolero internacional editado en 19 idiomas, hizo días pasados un servicio de la próxima Copa América; lo ilustró con un afiche de las principales figuras que lo animarán: Neymar (Brasil), Suárez (Uruguay), Vidal (Chile), James Rodríguez (Colombia), Paolo Guerrero (Perú) y Messi (Argentina). En medio de los seis, el trofeo. Nos hizo ruido la ilustración, preciosa, por cierto. Es que pasan los años y las copas, las estrellas siguen siendo las mismas. “Faltan Aguinaga y el Diablo Etcheverry y estaba completa”, me dice un amigo con ironía fina.

Puede que los seis nombrados hagan un excelente torneo, incluso alguno de ellos debería coronarse campeón. No obstante, nos sigue titilando una luz amarilla al verlo.

Neymar entró en su año número 30, Suárez en el 35, Vidal cumple 34 este sábado, James llegará a 30 justo al terminar la Copa, Paolo va para 38 y Messi apagará 34 velitas en medio de la competencia, el 24 de junio. Paolo y Lionel debutaron en Primera División a fines de 2004, casi diecisiete años atrás. ¿Qué nos está diciendo ese afiche…? Algo simple: no hay figuras nuevas. El fútbol a escala global carece de nuevos talentos, hablamos de los grandes, los cracks cracks. Mbappé y Haaland, las dos luminarias que el mundo quisiera ver consolidadas para marcar una nueva era, son muy buenos, sí, pero no dejan de ser dos corredores plenos de potencia y deseo, no fenómenos con la pelota, no fantasistas, no creadores. Días pasados recordábamos a Michael Laudrup, el danés que renunció a jugar en su selección en la Eurocopa de 1992 porque el estilo del técnico Richard Moller-Nielsen era demasiado defensivo para su gusto. Ni a cambio de ganar ese título hubiese estado feliz en ese esquema. Laudrup devolvía la entrada con un solo movimiento, su elegancia para salir de un encierro y limpiar una jugada confusa era algo de lo que el público se iba conversando al volver del estadio. Una clase magistral. Y nunca fue un número uno, ni dos ni tres. No fue hace cincuenta años. Eso es lo que no estamos viendo.

En ese escenario de escasez de genios, lo de Sudamérica resulta más inquietante. Es un páramo, no aparece nada. Antes, Brasil transfería a Europa a Zico, Sócrates, Junior, Romario, Ronaldo, Rivaldo, Kaká, Ronaldinho, Roberto Carlos, Cafú… Ese era el nivel. Hoy el Madrid se lleva a Vinicius, Rodrygo y Reinier. Es lo que hay. Nos preguntamos quiénes aparecerán en el afiche de la Copa América 2024.

La noticia bomba de ayer en Francia es la convocatoria de Benzema a la selección nacional después de cinco años. Karim está en un nivel fantástico, velocísimo, hábil, técnico, profundo, goleador, inteligente. Ningún otro compatriota suyo luce tal grado de excelencia (acaso Kanté, aunque con otras características). Sigue iluminando. Pero Benzema también es un atleta cercano a los 34 años, no es una estrella naciente. Y hablamos del país que mayor cantidad de futbolistas produce hoy.

Para un libro de la Copa América que acabamos de terminar, repasábamos la final de la edición de la Copa América de 1997. Llegaron a la final el local, Bolivia, y Brasil, que se impuso 3-1 y se consagró campeón. Un resultado engañoso. Brasil alistó a todas sus cartas ganadoras: Taffarel, Cafú, Aldair, Roberto Carlos, Dunga, Zé Roberto y la dupla “Ro-Ro”, como se denominó al binomio atacante compuesto por Romário y Ronaldo. El estilo del técnico Mario Zagallo no era muy romántico, pero sí muy eficiente: ganó los seis partidos hasta llegar a la corona. Y marcó 22 goles, a 3,67 por juego. Una locura. Con tantos fenómenos… Sin embargo, Bolivia compuso un partido magnífico, desplegó un fútbol de alto vuelo y dominó gran parte del juego, jugó como un campeón y mereció otra suerte, pegó tres tiros en los palos. Sucumbió frente a la histórica contundencia brasileña. Le sobraba buen pie a la Verde: Platiní Sánchez (notable conductor), Marco Etcheverry, Chocolatín Castillo, Milton Melgar, Julio César Baldivieso. Muchos buenos. Hoy parece utópico que Bolivia presente cinco dominadores de balón. No se le advierte uno.

Esto sucede en la mayoría de los países. Puede que sea una caída momentánea, el fútbol ha tenido una gran capacidad de reinvención a lo largo de la historia. Los ’60 y los ’80 fueron décadas oscuras, luego reapareció la luz. En la Argentina, el jugador diferencial de Boca continúa siendo Carlos Tevez, rumbo a los 38 años, y la brújula de River es Enzo Pérez, camino a los 36. Ambos son los capitanes y guías indispensables.

Lo mismo está pasando con los entrenadores. Al parecer, es un hecho que el del sábado será el último partido de Zinedine Zidane como técnico del Real Madrid. No ha demostrado ser una eminencia táctica, pero su manejo discreto y la aureola de lo que fue lo tornan apetecible siempre. Lo están esperando en la Juventus. A su vez, el Real Madrid contrataría a Massimiliano Allegri, ex Juventus, un estratega criticado por su proclividad a lo defensivo. Pero da el perfil y además no hay demasiados entrenadores triple A. Está Guardiola, fuera de lote, incomparable con cualquier otro, y luego Klopp, Conte, Hansi Flick, Simeone, Tuchel, Pochettino. El Barcelona quiere desprenderse de Ronald Koeman y está sondeando a Xavi Hernández, un inexperto, porque no abundan conductores de prestigio para un club de tanto porte que garanticen carácter, capacidad, eficiencia, dominio de vestuario, fútbol dominante.

El caso de los entrenadores en Brasil es casi gracioso, son siempre los mismos desde hace años. Abel Braga sale de Flamengo y va a Cruzeiro, de Cruzeiro a Vasco, de Vasco al Inter, y así. Lo mismo acontece con Vanderley Luxemburgo, Renato Gaúcho, Paulo Autuori, Levir Culpi, Luiz Felipe Scolari, Fernando Diniz, Cuca, Mano Menezes… Les cierra la puerta Fluminense y se la abre Corinthians. Por eso han empezado a importar portugueses y argentinos. A ver si algo cambia.

La tierra del fútbol, en el mundo, parece exhausta, no está siendo pródiga. Preocupante. (O)