En la segunda mitad de la década de los 80, en la Facso, institución en la que algunos de los entonces jóvenes ingresamos a estudiar periodismo, existía la materia Técnicas de expresión oral. Se la daba por dos años consecutivos. Era, quizá, la más temida del pénsum. La sufríamos. Pero cómo aprendimos. Después de muchos años, puedo decir que fue una de las mejores clases de formación que tuvimos. Quien la impartía era la multifacética Ixora Zambrano: poeta, cantante, actriz y retratista. Un personaje de Guayaquil, de ascendencia manabita. Solía llegar en bicicleta y con zapatillas. Se salía del molde profesoral imperante.

A cada clase y por turno, los estudiantes debíamos llevar un grupo de palabras cuyo uso no fuera frecuente, con su respectivo significado extraído del Diccionario de la lengua española. El alumno, ante la mirada atenta y analítica de la profesora, propiciaba una conversación en la que debía utilizar aquellas palabras. El aula descubría que el idioma es amplio, rico, diverso; sin embargo, quizá por pereza o desconocimiento, siempre giramos sobre los mismos vocablos. Ixora reparaba en el contenido de lo que decía el estudiante y a la vez en la postura, la dicción, el tono. No dudaba en corregirlo a viva voz, si así lo requería el caso. O en felicitarlo del mismo modo.

'La casa amarilla y otros poemas' (2019), texto de Ixora Zambrano.

También debíamos escribir textos cortos y memorizarlos para decirlos en espacios públicos, como calles y parques. El auditorio era la gente que transitaba por ahí. Tocaba competir con los predicadores religiosos. O con los vendedores. El ejercicio estaba pensado para que perdiéramos el pánico escénico y practicáramos uno de los principios de la oratoria: la persuasión. Asimismo, teníamos el encargo de formar pequeñas bibliotecas en lugares apartados, donde los libros y la lectura fueran de difícil o nula llegada. Y en los que había incipientes bibliotecas, la misión era contribuir a reforzarlas. Aprendimos nociones de gestión cultural, de animación a la lectura y de vínculos con la comunidad. Pienso que a muchos de los alumnos esta clase nos marcó de forma positiva y nos encendió luces.

Los recuerdos vinieron a mi cabeza porque hace poco llegó a mis manos un libro con la siguiente nota: “Con el respeto y el cariño de su antigua profesora, reciba estos versos de muestra”. Es un poemario de Ixora Zambrano: La casa amarilla y otros poemas, publicado por el Municipio de Guayaquil en 2019. Tal vez la pandemia hizo que el libro no circulara antes. Contiene 199 páginas y está estructurado por temáticas: Arquitectura, Artes Naturales, Literatura, Artes Escénicas y Artes Plásticas. En tanto que al inicio se proponen unos versos sobre el barro, los ancestros y el sembrado.

En la parte titulada Literatura incluye poemas a Dolores Veintimilla, a Medardo Ángel Silva, a Joaquín Gallegos Lara, a Ileana Espinel, a Cristóbal Garcés y sus Cuadernos del Guayas y a Hugo Mayo –entre otros–, de quien dice: “hacia el cotidiano sitio/ donde te compras un almuerzo:/ monje de silencio digno/ ingresas cual forastero”.

En Artes Plásticas se hallan poemas sobre Eduardo Kingman y Manuel Rendón Seminario y el texto Casa amarilla, que da título al libro y es una minibiografía en versos de Vincent van Gogh. En Artes Escénicas se homenajea a personajes como Alicia Alonso, Las Tres Marías y su bomba, etcétera.

La evocación cultural, el recuerdo de gente señera, la palabra perfecta y de múltiples resonancias, están en el libro de Ixora, que celebro. Su nota manuscrita propició que mi memoria viajara hacia el tiempo de las aulas universitarias. ¡Gracias, maestra! (O)