Por Rodolfo Pérez Pimentel *

Fue el último de los cinco hermanos Gómez Izquierdo y el mimado de su madre. Vivía en la casa familiar —de madera— en malecón y Sucre, y preparó la primera comunión con el padre Benigno Chiriboga. El feliz día escuchó con atención el sermón de monseñor Rousilhe y, al regresar a su casa, subido en una silla lo repitió con mucha gracia y de memoria a sus parientes, hazaña que causó la consiguiente hilaridad y sorpresa.

Era un niño inteligente y soñador que deseaba emprender viajes. En las mañanas solía leer los periódicos a su padre mientras este se afeitaba en las mañanas y por las tardes se asomaba a ver el majestuoso Chimborazo a la distancia, hasta que en 1936 su progenitor fue atacado de encefalitis y falleció casi enseguida.

Misa Campal en homenaje a San Pedro dirigida por el padre José Gómez Izquierdo. Foto: Archivo.

La orfandad lo tornó serio y pensieroso. Ingresó al Vicente Rocafuerte, y al año siguiente, al internado del San Gabriel en Quito, donde el padre Eduardo Vásquez Dodero en cierta ocasión le dijo: “Tú tienes vocación sacerdotal”, aunque los trajines propios de esos años como jugar al básquet y otras distracciones lo hacían más bien mundano. Con un grupo de amigos bailaba los domingos en el hotel Metropolitano, a la par que sobresalía como buen alumno, y el padre Francisco Miranda formaba su fe con sanos consejos. Al graduarse de bachiller, siendo el primero de su promoción, le correspondió leer el discurso de despedida a la virgen Dolorosa en emotiva ceremonia.

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El entonces presidente Gustavo Noboa Bejarano condecoró al padre José Gómez Izquierdo en nombre del Gobierno nacional, el 6 de enero de 2003. Foto: Luis Almeida / Archivo.

En 1944 se matriculó en Derecho; con otros compañeros se reunían a estudiar en el departamento de su amigo Santiago Castillo Barredo en el edificio de El Telégrafo, donde un día el Dr. Abel Romeo Castillo comentó: “¡Qué cosa! Todos estos jóvenes conservadores y hasta marianos son nietos de ilustres liberales masones”. Por esos tiempos defendía los principios católicos en las clases de Filosofía del Derecho del Dr. José Vicente Trujillo, que al escucharlo sonreía paternalmente.

El 47 se presentó al batallón Quinto Guayas para luchar contra la dictadura del coronel Carlos Mancheno. El 52 fue designado secretario privado del canciller Alvarado Garaycoa, participando de la gira que realizó a Chile, Argentina y Brasil. Becado a Madrid por el Instituto de Cultura Hispánica, tenía que pasar a diario frente a una capillita para ir al comedor. “Entré un día a orar y sentí de pronto el inequívoco llamado del Señor”.

Una multitud de fieles participó en el sepelio del padre José Gómez Izquierdo, el 11 de agosto de 2006. Foto: Martín Herrera Torres / Archivo.

A su regreso, el 54 tuvo un periodo de continuas fiestas cada fin de semana y se enamoró de Elsie Monge Yoder, recién graduada en un colegio norteamericano de las monjas de Mary Knoll. “Nos amábamos intensamente, pero en cierto momento ambos coincidimos en dedicar la vida al servicio de los demás. Tanto en ella como en mí era una aspiración que había venido madurando”.

El padre Beauger le aconsejaba tener paciencia, hasta que finalmente le manifestó la conveniencia de avisar a sus parientes. Pero ¿cuándo hacerlo? La ocasión se presentó después de la ceremonia de grado doctoral y en el brindis en su casa, cuando solo estaban sus íntimos y a ellos manifestó su decisión de entrar al seminario. Sus buenas tías Rosita y María Izquierdo le abrazaron llorando a mares, aunque después terminaron bromeando de la escena, mientras sus hermanos, que estaban mudos, hacían subir al padre Beauger, que esperaba nervioso en los bajos, porque en Guayaquil las vocaciones generan reacciones negativas y hasta violentas.

Una multitud de fieles participó en el sepelio del padre José Gómez Izquierdo, el 11 de agosto de 2006. Foto: Martín Herrera Torres / Archivo.

“En octubre ingresé al Seminario Mayor de Quito. Mis parientes decían que les resultaba más comprensible si me hiciera jesuita”. El 24 de octubre del 59, tras provechosos estudios en Chile, a los treinta y cuatro años de edad fue ordenado en el Colegio Pío Latinoamericano de Roma y vistió la sotana siempre blanca, que abandonaría en los años setenta por una camisa y un pantalón modestos para igualarse a los más pobres.

El 65 había finalizado sus labores el Concilio Vaticano II, que tantos cambios realizó a favor de la Iglesia, y el papa ordenó difundir sus disposiciones. En cada país se integró una comisión y en Quito se inauguró el Instituto Latinoamericano de Pastoral para concientizar a las masas sobre esta realidad.

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El 68 fue enviado a poner en marcha una parroquia con los antiguos comuneros de la sabana, a los que trasladó a la ciudadela ferroviaria por haber sido desde 1922 el sitio de partida del ferrocarril a la costa, que ya no existía. El sitio era agreste, triste, abandonado y casi solitario, medio selvático. Al lado había un extenso polígono de tiro. Después se inauguró un botadero de basura municipal con sus pésimos olores. Pronto sus misas se volvieron famosas; acostumbraba hablar en muchos casos solemne, a veces jocoso, siempre profundo e inesperado por la novedad de un Evangelio que con los sonidos de ayer se hacía palabra viva hoy.

En el barrio San Pedro sirvió como párroco el fallecido sacerdote José Gómez Izquierdo, más conocido como el padre Pepe Gómez. A él le hicieron un monumento que fue develado el 20 de noviembre de 2009. Foto: Archivo.

El obispo de Riobamba lo pidió de obispo auxiliar, pero el arzobispo Echeverría de Guayaquil se opuso por considerarlo peligroso. Y así fueron pasando los años, en total humildad de servicio a los más pobres de su parroquia.

Tenía una muy leída columna dominical en EL UNIVERSO; sin embargo, el nuevo arzobispo Larrea, su pariente lejano por Borja (del lado de su madre), le puso por condición que cada artículo debía ser previamente sometido a su estricta censura, lo cual no fue aceptado, como es lógico y natural.

En 1997, frente a varias demostraciones de adoradores de una imagen del Divino Niño venida de Colombia, aclaró que “el Divino Niño no existe”, que cada vez que se reúnen dos o más personas en nombre de Jesús él está presente. También se había opuesto a las visiones y mensajes religiosos que recibía la niña cuencana Pachi Talbot de la Virgen, nada menos que en español antiguo, los sábados, en el jardín del Cajas.

Vivía modestamente en una villita ajena que llegué a conocer: todo era pulcro, pero sin lujos, solo existía un ventilador de aspas y algunos muebles. Nada era propio, y solo disponía de una jubilación mensual de treinta dólares. “Hacía años que estaba apagándose lentamente. No ver era su gran sufrimiento, para él, que leía tanto. Le inquietaba el trabajo que podía dar a los demás, que tenían que cuidarlo y ayudarlo. Luchó, quería mejorarse, se angustiaba, luego todo eso se puso en orden, vivía cada día profundamente, a veces una lágrima recorría su rostro, pero seguía dueño de una profunda tranquilidad. Su rostro se iba haciendo más luminoso, irradiaba paz, por su cuarto pasaba mucha gente para pedirle su bendición”.

Un cúmulo de enfermedades lo fueron debilitando, perdió casi todas sus facultades, pero podía escuchar las palabras de cariño de quienes lo cuidaban. Nunca una queja, apenas un agradecimiento. Y su natural silencio se hizo casi permanente.

Libro del padre José Gómez Izquierdo. Imagen tomada el 24 de septiembre de 2003. Foto: Miguel Canales, para EL UNIVERSO / Archivo.

Murió a las dos de la tarde del 10 de agosto del 2006, de ochenta y un años de edad, a causa de un paro respiratorio, y sin dejar de ofrecer muestras de amor al prójimo. Los que no lo conocían le dieron en vida fama de comunista, pero el pueblo lo tiene por santo y espera que sea el primer guayaquileño que suba a los altares.

En mis ochenta y pico años de vida, y habiendo tratado a profundidad a muchísimos compatriotas, solo he hallado a dos personajes que bien podría calificar de santos: monseñor César Antonio Mosquera Corral, cuya personalidad bondadosa, el tono de su voz y la delicadeza de sus modales, provocaban un estado de paz y sosiego, una especie de tranquilidad gozosa; y el padre Pepe Gómez, quien, con su seriedad y silencios, conmovía a quienes lo rodeaban, porque tenía un algo que escapaba a toda comprensión racional y que inducía naturalmente a estados de religiosidad profunda, intensa; bastaba su cercanía, nada más, no requería de palabras. Era una especie de santón, y así lo calificó Vistazo en un célebre artículo publicado mientras él vivía.

* Premio Nacional de Cultura Eugenio Espejo en la especialidad de Actividades Literarias (2005).