Nacer niña no era lo más deseable en la comunidad San José de Cerotal, aseguró Leticia Tituaña Picuasi, quien proviene de ese lugar y que ahora es ingeniera química graduada en la Escuela Superior Politécnica del Litoral.
Ella es una mujer indígena del pueblo kichwa de Otavalo y creció en un hogar y comunidad machista, donde nunca le dieron la oportunidad para estudiar.
“Vengo de un lugar muy pequeñito donde no teníamos acceso a servicios básicos y donde la comunidad era muy pobre. Imagínense cómo es la situación para alguien que vive en extrema pobreza y salir de su comunidad muy machista, donde hay mucha violencia intrafamiliar, de género, hacia una ciudad donde es diferente en costumbres”, expuso la oriunda del cantón Antonio Ante, en la provincia de Imbabura.
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Su niñez, adolescencia y juventud tuvieron una fuerte carga mental. Escuchar y observar cuando había un nacimiento y era una niña y que de inmediato la expresión era como de decepción o quemeimportismo. Pero cuando era hombre decían: “¡Bien!, va a ayudar a la casa”, recordó.
Estas situaciones Tituaña jamás las olvidará, pero llegó a un punto en que tenía que salir de esa circunstancia y tomó la decisión de abandonarla e ir a Guayaquil. “Vivía de casa en casa, brindando servicios domésticos, y una persona me dijo que si de verdad quería terminar la universidad, tenía que hacer eso por más tiempo. Y que tenía que aguantar las veces que me griten. Y ese es el principal reto para quienes vienen de lugares de mucha pobreza”, expuso.
Tituaña, durante su participación en el foro “Mujeres que rompen paradigmas”, organizado por EL UNIVERSO, dijo que su salida generó consecuencias aun no estando en la comunidad.
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“El día que salí de casa tuve que dejar a mi familia y también a la comunidad. Venir con esa carga mental de que mi familia no estaba dispuesta a apoyarme y además toda la comunidad estaba en contra de que una mujer se haya salido de la comunidad y todos empezaron a generar chismes. Decían: ‘Es que Leticia está trabajando en limpieza’, otros que era prostitución, pero vine a estudiar”, indicó.
A manera de broma, Tituaña señaló que los miembros de la comunidad hicieron un levantamiento indígena en la vivienda de su madre, le decían que su hija era una mala influencia. “Yo estaba ejerciendo mi derecho, el cual se me negó porque siempre se creía que las mujeres no aportábamos nada al hogar”, enfatizó.
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Oportunidades limitadas
Pero hubo más desafíos para Tituaña: conseguir trabajo. “Para una mujer indígena, en mi caso, muchas empresas de Guayaquil me cerraron las puertas, y lo cuento así porque sé que hay personas (aquí en el foro) que pueden cambiar esta situación. Y cuando entraba a las entrevistas, uno va de la mejor forma posible, con buena imagen, de mostrar el profesionalismo, hasta uno se aprende el diccionario con las palabras más sofisticadas. La gente me decía: ‘Por qué no te quitas el anaco’, ‘En Guayaquil hace demasiado calor’, ‘Haces esto para llamar la atención’, ‘Quieres hacer farándula’; muchos profesores en la universidad me decían así”, lamentó.
Pero Tituaña no cambió su aspecto. Ella dice que es su identidad y se siente orgullosa: “Sentía el peso de toda la comunidad, las niñas que por primera vez vieron salir a alguien de la comunidad para ingresar a la universidad, pese a que sus papás les negaban todo el tiempo ese derecho”.
Tituaña, a pesar de los comentarios, jamás perdió su confianza en su conocimiento y en mantener su cultura. En las entrevistas laborales le decían: “Gracias, no necesitamos a alguien indígena, no queremos tener problema con los indígenas”, porque pensaban que quizás ella “iba a hacer un levantamiento indígena”, pero ponían en duda su profesionalismo, dijo, y luego se mudó a Quito.
Ella aconseja a las mujeres a ser auténticas.
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“Está sanando”
Tituaña aseguró que está trabajando en su salud mental, en sanar. Y consideró que es importante cuando alguien empieza a confiar en el talento. “Cuando hay una persona que cree en ti, todo cambia”.
Hizo un llamado para que la educación, tanto pública como privada, garantice espacios para que los estudiantes tengan una mejor transición al salir de la universidad al mundo laboral.
Le apenó que aún su comunidad esté alejada de los conocimientos, aunque resaltó que hay saberes ancestrales que, a su criterio, son ciencia, pero que en las ciudades no son valorados.
“Tenemos saberes ancestrales que han sido considerados así, pero hacemos ciencia. Todo nace en nuestras observaciones. Es poder valorar lo que estamos haciendo. Los saberes ancestrales se están quedando atrás porque no hay una innovación”, argumentó. (I)
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