Ninguna persona ha afectado más la reputación internacional del Ecuador que el expresidente Rafael Correa. Y aunque estoy en contra de revivir nombres de caudillos del pasado, el problema real del Ecuador es que sus campañas negativas contra el país han sido mucho más nefastas que cuando ejerció el poder durante 10 años. Y eso es decir bastante. Puede ser que haya un 30 % de ecuatorianos que todavía crea en la propaganda de “la isla de paz” o el “jaguar de América” durante su mandato, pero la verdad es que su imagen siempre fue una paradoja en el exterior. El cuerpo diplomático siempre preguntaba cómo un académico podía ser tan autoritario (las dos cosas generalmente no van de la mano). Observadores internacionales generalmente no entendían cómo teniendo todo para ser un presidente trascendental se concentraba tanto en manchar su potencial legado persiguiendo opositores y periodistas o, activistas sociales y hasta humildes contradictores, mientras albergaba a Julian Assange en la Embajada del Ecuador en el Reino Unido. Otra paradoja.
Pero cuando dejó la Presidencia, el mito y la paradoja terminaron. En parte porque él rompió la regla no escrita de todo estadista: el retiro. ¿Ustedes ven a Angela Merkel anunciando su agenda de medios y peleando en redes sociales todo el día? ¿Sarkozy está todo el día denunciando a Macron? Y en América Latina, ¿vieron alguna vez a Michele Bachelet insultar o despotricar contra Sebastián Piñera o la Función Judicial chilena que estuvo en algún momento investigándola y tratando de desmontar todo el sistema judicial en el proceso? Podía estar claro, pero los estadistas tienen dos cualidades fundamentales: autocontrol y respeto por sí mismos y por las instituciones a las que sirvieron, por deficientes que estas sean.
En 2017, los ecuatorianos no obtuvimos el beneficio de su retiro, sino una sistemática campaña internacional para llamar “lawfare” a todo intento de reformar la Función Judicial, a todos los casos abiertos sobre su gobierno y cuando eso fracasó –por el peso continental que tuvo el escándalo Odebrecht– empezó una sistemática campaña contra la Fiscalía. Recordemos que por denuncias internacionales menores, cualquier activista ecuatoriano recibía el mote de “traidor a la patria” durante su gobierno.
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Si bien el expresidente ha sido un pionero en usar la globalización para minar la legitimidad del sistema de justicia ecuatoriano, no ha sido el único. Por suerte para el Ecuador, tiene un importante competidor en Donald Trump. Y puede apreciarse que él ha seguido sus pasos en dinamitar la legitimidad del sistema de justicia y la figura del fiscal general que ha investigado todas sus violaciones a la seguridad del Estado y su potencial corrupción, Jack Smith. Como a Diana Salazar, sus seguidores también lo amenazan constantemente de muerte y, como a Diana Salazar, también lo han llamado al Congreso para interpelarlo. Basta seguir el paralelismo para entender por qué la fiscal goza de más reconocimiento en Washington que los últimos cuatro presidentes ecuatorianos juntos, Correa incluido.
Los electores debemos tomar nota, porque hay aprendices del mismo estilo y las mismas tácticas pretendiendo el poder en el Ecuador. (O)