La lucha contra la mentira y perversidad se hace más difícil. Aquí mi reflexión.
Un sinnúmero de conductas que deben ser reprendidas moral o legalmente siguen siendo ocultadas ante las voces autorizadas. Hay casos que no se pueden tapar y quedan desnudos en toda su miseria ante los ojos de la misma familia, niños y jóvenes, y allí el daño es penosamente enorme.
Si el Estado establece la hipótesis y la tipifica en el sistema jurídico debería, sin excepción alguna, realizarse un legítimo proceso en busca del castigo, de ser el caso. Obstáculos complejos lo impiden.
No solo se trata de la ignorancia y corrupción de algunos jueces, sino que se trata de una especie de idiosincrasia que se ha enraizado en la mentalidad de privados y públicos.
Me explico con un ejemplo. Si alguien tiene un vecino o compañero de trabajo, a quien el patrimonio le crece velozmente y sin justificación legítima, ¿te preguntas o no, de dónde le llega tanto dinero? ¿Acaso solo le provoca curiosidad, envidia, miedo, o en cambio, reserva, cautela y distancia?
Más allá de darse cuenta, alguien hace algo al respecto, ¿no? No, porque no sabe, no quiere, o no puede. Y allí es donde nace la primera normalización de lo que no lo es.
Si el pillo es simpático y comparte sus recursos mal habidos en fiestas, paseos, invitaciones a viajes, la vara de la mirada social se suaviza. Si el presunto delincuente colabora con la investigación fiscal, su pena, al momento de ser impuesta, podría ser reducida al máximo. Cuidado se confunden estos dos ejemplos, los expongo a propósito juntos, porque en la diferencia está parte de la reflexión.
El uno trata de una simpatía cínica que busca comprar un cómplice silencioso de sus fechorías; el otro, en cambio, es un acuerdo para suministrar información verídica y comprobable que colaboren eficazmente a esclarecer los hechos investigados y la identidad de sus autores.
Sea cual fuese el caso, o los dos a la vez, me sigo preguntando qué hacemos como sociedad. No pienso en censuras ni discriminaciones, toca la aclaración, me refiero a esa reacción humana que nos cabe a todos, obligatoriamente, en poner un grano de arena en la prevención.
Sigo con los ejemplos. Recuerdo las reuniones de la gente del barrio en las parroquias. Después de misa, los vecinos contaban sus cosas, sus buenos y malos ratos. Se hacían ferias y así se favorecía al grupo, a la comunidad. Había un todo que no era de nadie, pero acogía a todos, un espacio que te recordaban quién eres y que podías ser mejor, y dónde estaban los límites. Inspiraban libertad interior, ajenas a toda presión a tener más para ser mejores. ¿Tenemos aún espacios así, espacios desde dónde podemos prevenir conductas que parecen nacer selladas con impunidad?
El mundo es más complejo y duro cada vez, y debemos enfrentar ese cambio con honor y dignidad. Todo se aprende si se ejercita. Buscar la sabiduría interior y que, a pesar de lo macabro que a veces todo se presenta, creer con toda certeza que la raza humana es bendita, que somos fuertes y sabios y, si acaso hemos olvidado los motivos de nuestra lucha, que esa fe perdida nos sea devuelta en abundancia de manos de un Dios que nace entre nosotros para quedarse aquí por siempre. (O)