Una muletilla para el tratamiento de episodios trascendentales es la frase de Marx, acomodada de la original de Hegel, que sostiene que la historia ocurre dos veces, la primera como tragedia y la segunda como farsa. Pero, al aplicarla a los últimos acontecimientos mundiales es necesario hacer una nueva adaptación, ya que nada tienen de farsa, aunque el principal protagonista y su círculo inmediato constituyan lo más parecido a un cuerpo de comediantes. Tiene tanto de tragedia como lo tuvieron los hechos que antecedieron a la II Guerra Mundial.
En aquella ocasión los líderes de los países que habían triunfado en la I Guerra Mundial confiaron en la palabra de Hitler, un dictador delirante y genocida, hasta el momento en que la mayor parte de ellos vieron invadidos sus países. Incluso el astuto Stalin, que había derrochado crueldad para acabar con sus propios compañeros, no se percató del peligro hasta que los tanques alemanes estuvieron a las puertas de Moscú. La búsqueda de acuerdos con la Alemania nazi llevaba indefectiblemente al sometimiento de toda Europa. La única excepción fue el Reino Unido, pero para ello debió producirse el cambio de Chamberlain por Churchill como primer ministro. Más adelante sería decisiva la participación de EE. UU., impulsada más por la provocación del ataque a Pearl Harbor que por la barbaridad que ya campeaba en Europa.
Si algo se presenta con menor gravedad en la tragedia actual es que los países europeos, con una sola excepción, no confían en la palabra del agresor ruso y están conscientes de sus ansias imperiales. Saben que la invasión de Ucrania fue una declaración de guerra a la OTAN y no simplemente una disputa territorial con ese país. Pero, el presidente de EE. UU., quien debería actuar como el socio principal de Europa, el que hubiera podido lograr que Putin acepte una negociación sin más condiciones que volver a las fronteras vigentes hace tres años, está claramente en el lado del dictador. De la misma manera que dirigentes europeos, en su momento, confiaron en que Hitler se restringiría a anexar Austria e invadir la zona supuestamente germana de Checoslovaquia, Trump está forzando a Ucrania y a Europa a aceptar la acción imperialista de Putin.
En la visión trumpista de la realidad, reducida a sus negocios y a los de su círculo de multimillonarios, no tiene cabida la preocupación por las amenazas a las libertades y a la supervivencia de las democracias más sólidas del mundo. Su interés ni siquiera son los territorios que supuestamente están en disputa, sino los elementos químicos llamados tierras raras, que ya los ve transformados en más dinero para su grupo. Y en esta tragedia, a diferencia de la anterior, no se ve en el horizonte la posibilidad de un cambio de gobernante, como el que dio lugar al giro del Reino Unido y que fue el gran paso para salvar –y más adelante fortalecer– a los estados de derecho. Con el Partido Demócrata deambulando sin brújula mientras se demuele la institucionalidad más que bicentenaria es poco lo que se puede esperar, por lo menos hasta la elección de medio periodo de noviembre del próximo año. Aunque nostálgicos de Marx digan que la historia no la hacen los hombres, sino los pueblos, hay demasiada evidencia de que un personaje enloquecido puede incendiar el mundo. Mucho más cuando es un circo en que actúan dos gorilas con metralletas. (O)