Es frecuente, aunque con menos intensidad que en tiempos cercanos, la aparición de spots más publicitarios que informativos que reiteran el criterio gubernamental de que lo peor de la tormenta ha pasado. Que las medidas tomadas en el plano económico, duras, muy duras, como esas que casi han duplicado el costo de gasolina súper y el diésel, han sido inevitables, y que ahora las cosas mejorarán.

Desde el inicio mismo del Gobierno existe un código con Normas de Comportamiento Ético Gubernamental.

Lo he vuelto a escuchar en el contexto del paro nacional que trastocó la normalidad del país esta semana. Y ha sonado en los foros internacionales a los que ha acudido el presidente Guillermo Lasso, matizado con el mensaje de la necesaria lucha contra el delito que nos rebosa.

Pero más allá de las frases, en spots llenos de emotivas imágenes populares, no encuentro fácilmente hechos y datos tangibles, profundizables, verificables, que acompañen lo dicho, e inevitablemente recuerdo aquellos tiempos en que desde la tribuna del poder las palabras eran usadas como suficiente evidencia de la verdad.

¿Lo son? ¿Puede la crisis política actual combatirse con frases motivadoras? ¿Puede apoyarse solo en ellas un Gobierno que a las claras ha perdido importantes porcentajes de aceptación? Porque en el caso de referencia, que duró casi 11 años encumbrado en el poder, es innegable que sus niveles de apoyo popular eran interpretados hacia adentro como el derecho a ejercer la impunidad verbal.

Soy de los que creen que la emoción sin contenido de respaldo bien descifrado, y mejor aún explicado, no llega lejos en aguas mansas, y suele naufragar inevitablemente en aguas convulsas. Es mejor un trabajo de riego por goteo, como hacen los buenos agricultores para florecer el desierto, cada día, cuantas veces sea necesario, pero con información de verdad, que bien puede llevar ocasionalmente el acompañamiento emocional.

Y si desde el inicio mismo del Gobierno existe un código con Normas de Comportamiento Ético Gubernamental, que entre sus principales pilares tiene a la transparencia, por qué entonces nos abocamos casi a ciegas a otro paro que, si bien tiene un alto componente político, es también la expresión de quienes reniegan del alza de los precios y la lenta reactivación pospandémica.

Lea también:

Ese código ordena que el presidente, vicepresidente y sus ministros (que son 18 y 9 secretarios) den ruedas de prensa al menos, ojo, al menos, una vez cada tres meses y en ella cuenten lo que hacen. Les ordena que todos ellos deben contestar las preguntas de los periodistas, siempre que se refieran a sus funciones, lo que es correcto. Ah, y les impone la obligación de informar de su agenda diaria.

¿Se cumple? En casos coyunturales, como Salud, Educación, Gobierno, Policía y Turismo conocemos las caras de sus ministros. En otros, empezando por el vicepresidente y el tan importante ministro de Economía, ya casi hemos olvidado sus facciones, desde el día aquel que sonrientes asumieron el cargo. El mismo código ordena dar un “trato gentil, amable y educado” a las personas, pero desde lo más alto de Carondelet, hemos escuchado gritar “mafiosos”, “pandilleros” a opositores. ¿Será por eso que los subordinados no sienten presión para cumplirlo? (O)