Con amigos muy queridos, hicimos el pacto de no ver noticias por tres días. Una tregua con la información, con el propósito de preservar un mínimo de serenidad y no transformarnos en seres amargados, atrapados en el refunfuño constante.

Al reencontrarnos, compartimos nuestras experiencias y descubrimos que, aunque intentamos alejarnos, el mundo seguía girando con su caudal de noticias devastadoras: un alcalde ejecutado, niños fallecidos en fuegos cruzados, extorsiones mortales, heridos que también son prisioneros, demandas de inconstitucionalidad. Todo esto enmarcado por un clima de violencia que se ha vuelto paisaje. Y, como si fuera poco, en los países vecinos, incendios arrasan bosques; líderes buscan perpetuarse en el poder y reciben apoyo de políticos nacionales. ¿Se creerán realmente indispensables? ¿O el poder, la corrupción y el dinero son adicciones más fuertes que cualquier droga?

De ese ejercicio nació un nuevo compromiso: transformar la incertidumbre en un fermento. Porque, aunque el peso de lo desconocido y el miedo al futuro tienden a paralizarnos, también pueden ser motores de cambio.

La incertidumbre se siente en todos los ámbitos. “Las próximas elecciones serán una segunda vuelta”, señala Fernando Carrión, en un país profundamente polarizado. Sin importar la opción política, la pregunta es “¿Qué será de nosotros mañana?”, “¿Qué pasará con lo poco que hemos construido entre el caos?”. El presente parece congelado en una pausa interminable, como si el futuro nunca llegara.

Aceptar la incertidumbre como compañera de viaje requiere valentía. Es una sombra que nos sigue en cada decisión que postergamos, en cada conversación que evitamos para no levantar olas. Se asemeja a una mochila cargada de posibilidades inciertas, de escenarios que no podemos controlar. El alma colectiva de la nación está sombría, agotada. Nada parece seguro, y los discursos con promesas de los candidatos se disuelven como humo. Las leyes, en lugar de ser un faro que guíe, se transforman en una telaraña de tecnicismos que desalientan. Y nosotros, espectadores de la telenovela nacional, seguimos pendientes del próximo capítulo, esperando soluciones que nunca llegan.

En medio de esta incertidumbre, buscamos algo que nos resuelva lo irresoluble: un líder, una fe, el tiempo, un milagro. Pero la incertidumbre no puede definirnos. ¿Y si en vez de considerarla un enemigo se convierte en una aliada? En un terreno fértil donde pueden nacer la creatividad y la innovación de la que carecen nuestros representantes. La vida nunca ha sido un guion perfectamente escrito; siempre resulta inesperada, y esa es su belleza. Porque somos más que nuestras dudas y nuestras preguntas sin respuesta. Somos la esperanza que, aunque tenue, sigue encendida. Somos la voluntad de avanzar a pesar del peso que llevamos.

Hay una canción, Todo cambia, que resume este sentimiento. Interpretada con profundidad por Mercedes Sosa, nos recuerda algo esencial: el faro al que no podemos renunciar, incluso en las noches de niebla: “No cambia mi amor por más lejos que me encuentre, ni el recuerdo ni el dolor de mi tierra y de mi gente”.

Cuando todo parece tambalearse, ese amor, esa esperanza es fermento que necesitamos para seguir adelante. (O)