No existe “la mujer”. Existen mujeres. Diversas, únicas, marcadas por sus contextos. No es lo mismo nacer en América Latina que en Europa o Asia. Crecer en la abundancia o en la escasez. Habitar un mundo de avances tecnológicos o uno donde las tradiciones pesan más que los derechos. La historia no las ha tratado igual, pero todas, de alguna forma, han debido abrirse paso.
Las mujeres son contradictorias. No porque sean inciertas, sino porque la sociedad las ha forjado entre extremos: madre y guerrera, sumisa y rebelde, cuidadora y transgresora. Han sido silenciadas por miedo y también han gritado por justicia. Han cambiado el mundo con su presencia, aunque muchas veces sus huellas hayan sido borradas. Han encendido revoluciones en las calles y en los hogares, han sostenido economías en la precariedad y han transformado la educación con su masiva presencia en las aulas. Donde el Estado no llega, ellas tejen redes, mantienen la paz, reinventan la esperanza.
Ser mujer ha significado adaptarse, resistir, reconstruirse. No ha sido un regalo. Cada derecho conquistado ha costado luchas, renuncias y sacrificios. Su cuerpo ha sido símbolo de belleza y deseo, pero también campo de batalla: arma de seducción, instrumento de control, botín de guerra.
Desde el punto de vista de su ser sexuado, su cuerpo es una experiencia exclusiva, intransferible e insustituible. Su capacidad de ser espacio que cobija la vida y al mismo tiempo la impulsa a la autonomía, es un lenguaje simbólico del cuerpo de la mujer, umbral de la existencia y cuna de libertad. Es el primer lugar comunitario en que un ser humano convive con otro en perfecta interdependencia, alteridad y unión. Es el lugar donde se gesta un niño y el lugar donde se gesta el mundo de las relaciones.
Sin embargo, por siglos su identidad fue definida en función de otros: primero hija, luego esposa, finalmente madre. Siempre medida por su entrega, sacrificio, su capacidad de sostener. Pero también han sido quien rompe cadenas, desafía normas y reconstruye desde los escombros.
No se puede idealizar su rol. No todas son heroínas, ni todas buscan el bien común. Como en cualquier grupo humano, hay luces y sombras. También hay mujeres que oprimen, que sostienen estructuras injustas, que replican las mismas violencias que las dañan.
Hoy, cuando el mundo clama por igualdad, aún pesan las cifras de feminicidios, las brechas salariales, la violencia disfrazada de costumbre. Se les exige ser fuertes sin dejar de ser dulces, exitosas sin descuidar el hogar, libres sin incomodar demasiado.
El futuro no necesita mujeres perfectas, sino mujeres plenas. Que no deban elegir entre su seguridad y su libertad. Que no tengan que alzar la voz para ser escuchadas, que no solo sean eco sino punto de partida. Que puedan existir sin pedir permiso.
No se trata solo de derechos, sino de cambiar la forma en que nos relacionamos. Que la equidad no sea un discurso vacío, sino una práctica cotidiana. Que no sea solo tarea de las mujeres, sino de todos. Porque sin ellas, el mundo se quiebra.
Y seguirán avanzando, como siempre lo han hecho. No porque se les deje espacio, sino porque lo crean. Desde la contradicción, la complejidad y la certeza de que son parte esencial del tejido humano. (O)