Uno de los males que especialmente aquejan a las sociedades de hoy es la pérdida del valor de la palabra. La capacidad de hablar de los seres humanos, considerada por muchos especialistas como la invención humana más grandiosa, podría remontarse hasta la aparición misma del Homo erectus hace un millón de años, pues nuestros parientes ya usaron signos y símbolos, lo que significa que la palabra ha sido empleada por nada menos que sesenta mil generaciones de humanos. El uso de la palabra –su buen uso– es una marca de nuestra condición, un elemento que fue decisivo para nuestra humanización.

Con la palabra podemos plasmar una serie de acciones nobles que pueden darse entre nosotros: hacer acuerdos, llegar a entendernos, zanjar distancias, acercarnos a un desconocido. Sin embargo, este poder de la palabra es desechado, muchas veces, justamente para todo lo contrario: herir al otro y crear barreras insalvables en un proceso de comunicación. Para tener una vida sana, e incluso para gozar de una democracia saludable, cualquier receta debería empezar por cuidar el valor de lo que decimos y cómo lo decimos, pues la palabra involucra afectos que trascienden un simple intercambio de información.

Cuán necesarios son hoy los espacios que nos hagan reflexionar por un momento sobre el valor y el poder de la palabra y de las palabras. Por eso llama la atención el libro de Lucía Sesma La caja de palabras: cuando la palabra desata la historia (Madrid: Alianza, 2024), que muestra el poder del lenguaje a través de acontecimientos históricos recientes que nos permiten descubrir la importancia de expresarnos con términos adecuados o incluso de saber callar a tiempo. Por ejemplo, Sesma cuenta cómo, en una rueda de prensa el 9 de noviembre de 1989, el responsable del Gobierno de la antigua República Democrática Alemana (RDA) informaba a los medios internacionales sobre un posible plan de apertura de fronteras.

Se trataba, al parecer, de un anuncio cuyos detalles aún no habían sido establecidos en la esfera de gobierno; sin embargo, un periodista italiano intervino así: “¿Cuándo entrará en vigor? ¿De inmediato?”. Sesma relata que el delegado del Gobierno rebuscó unos papeles que tenía a mano y, sin mucha convicción, respondió: “Ab sofort (De inmediato)”. En realidad, estas palabras, dichas sin convicción y ninguna elaboración, según Sesma, derribaron el muro de Berlín, pues enseguida empezaron a darse los martillazos contra el muro por parte de la población, que no podía creer lo que había oído.

La noticia –que de inmediato los ciudadanos del Este podrían salir de su país– corrió como un reguero de pólvora por el mundo entero. Indudablemente, los gobernantes de la RDA se vieron sobrepasados por los hechos derivados de la rueda de prensa. “La palabra adquirió más fuerza que las armas”, dice Sesma. El resto es historia, pues los gobernantes tuvieron que acomodar rápidamente sus decisiones y pronunciamientos a la ola de furor que había desatado en la ciudadanía este anuncio improvisado. ¿Qué empujó de manera definitiva este inmenso cambio histórico? Sesma dice: “Las palabras justas, el momento adecuado, el contexto preciso”. (O)