La sociedad en general y las corrientes ambientalistas en particular han condenado la inútil incineración del gas que se extrae del subsuelo conjuntamente con el petróleo, tanto que Ecuador fue duramente criticado en la reciente asamblea mundial, realizada en Cali, Colombia, que versó sobre el apasionante tema de la biodiversidad, porque, siendo catalogado como uno de los países más megadiversos del planeta (primero en proporción a su superficie), mantiene en constante subida la curva de gas quemado en su territorio, por lo cual es improbable que cumpla con la meta propuesta, en unión de varios países, de CERO quema para el ya cercano año 2030, según compromiso asumido en el año 2015.
El Banco Mundial señaló que Ecuador, en el 2023, se dio el lujo de incinerar 1,67 miles de millones de metros cúbicos de gas, superior a Brasil, Argentina y Colombia. Luego de la publicación en este Diario del artículo de nuestra autoría “Mitigación al déficit eléctrico”, varios ciudadanos atentos a la suerte de la nación, solicitaron se explique un poco más este tema, que tiene vinculación con la vida económica nacional, inclusive con la agricultura, razón básica de mi preocupación como columnista, pues al decir de los pobladores amazónicos vecinos a los mecheros de gas, sus llamaradas impactan con tal magnitud que no quedan vestigios vegetales en sus alrededores, cerrando toda posibilidad de desarrollo agrícola, cuando ese mismo gas podría ser materia prima para la obtención de fertilizantes correctamente elaborados.
El cuestionamiento unánime de los ciudadanos es por qué se quema el gas, siendo la respuesta inmediata, porque es necesario por razones técnicas y de seguridad de la operación de extracción petrolera que implica manejar fluidos con grandes presiones que obligan en un momento dado a despresurizar, encontrándose como método más seguro eliminar el gas, siguiendo la dañina rutina de quemarlo o captándolo con técnicas precisas, utilizándolo en otros menesteres, como creando energía eléctrica para reducir el déficit consuetudinario con el que se ha convivido; de no hacerlo, la única alternativa es quemarlo o difundirlo a la atmósfera, tarea denominada venteo, ambas sumamente dañinas, convertidas en el país en rutinarias y negativas para el ambiente y la existencia de todo ser viviente.
Así como hay razones operativas, de seguridad, ambientales, de salud, para recuperar el gas asociado con petróleo, existen motivaciones económicas para su aprovechamiento, porque se ahorrarían divisas por la reducción de importaciones de gas y combustibles, se evitarían millonarias multas a las que se sometería al Estado por no eliminar la nefasta costumbre de la irreverente quema que le ha significado una vergonzosa sanción judicial de sus propias cortes que es admiración del mundo, agregando una noticia nefasta que se suma con pesar a tantas otras que avergüenzan, en el campo de la seguridad en general, agravada con la más reciente desaparición forzosa de cuatro menores, cuya investigación se ventila, llegando a preocupar a las Naciones Unidas y otros organismos internacionales promotores de derechos humanos. (O)