El 2025 será un año extremadamente difícil. Aún sin inaugurarse, la presidencia de Donald Trump está causando estragos en toda América: desde Canadá –que pronto tendrá una elección forzada por el embate de las amenazas trumpianas– hasta Panamá, que ya recibió una amenaza de que su canal será recuperado por EE. UU. solo para decir que se tratará de una renegociación de contratos. La economía se está desacelerando porque el mundo está dilatando inversiones hasta ver qué realmente pasará con la segunda administración Trump. Eso significa desde ya crisis económica generalizada que terminará en algunos encontronazos diplomáticos. Ahora más que nunca se necesitará que existan líderes con la cabeza bien fría y una visión de largo plazo para entender el momento y no saltar a responder como niños asustados. Muchos de estos golpes de mesa tendrán solo un afán mediático y el no entender el momento y la dimensión de estos amagues de coerción solo traerá más caos, que es precisamente el objetivo de la nueva era Trump.

Pero precisamente la distracción global que será la segunda administración Trump no debe distraernos de lo que pasa en nuestros países. Hay muchos que está terriblemente mal gobernados, con líderes indolentes que perdieron el sentido de justicia, libertad, equidad y hasta de mínima eficiencia. Es el caso ecuatoriano. Pero precisamente por ello, este es un momento fundamental para preguntarnos qué podemos hacer cada uno de nosotros para enmendar el camino, para concentrarnos en reconstruir el sentido de comunidad casa adentro. Las respuestas se multiplican, pero creo que podemos empezar por recuperar el respeto, la valentía y la solidaridad con el otro en este momento aciago. Pequeñas cosas como apoyar a las organizaciones que piden transparencia y justicia en el manejo militar y policial, por ejemplo. Demandar al unísono el respeto a los derechos humanos de todos, especialmente de niños, niñas y adolescentes en la lucha contra el crimen. Oponerse al “todo vale” y sobre todo organizarse comunitariamente para defender los barrios, las comunidades, el territorio. Es absolutamente inaceptable que existan desapariciones forzadas. José, Ismael, Saúl y Steven deben recordárnoslo. Justificarlo u ocultarlo es solo aceptar que el narco-Estado ya ganó.

Recuperar el país pasa también por creer en el país, recuperar poco a poco la confianza en aquellos que están haciendo esfuerzos sobrehumanos para mantener abiertos negocios, empleo, servicios. Hacer turismo nacional, por ejemplo, o comprar a pequeños negocios, a pesar de todo, es la única manera de ver la luz al otro lado del túnel. Me contaban cómo los pobladores de Atacames habían hecho un gran esfuerzo por resguardar su playa y aprovisionar sus comercios con generadores, pero a la menor falla, hay turistas que cancelan sus reservaciones sin más haciéndoles perder el poco negocio con lo que pueden sobrevivir. Ante la ausencia de gobiernos solventes, la tarea de recuperar la paz debe empezar por cada uno de nosotros desde nuestras posibilidades. No podremos cambiar la política si no cambiamos nosotros primero: humanidad y generosidad pueden ser un buen comienzo. (O)