La imposición estadounidense de aranceles a los vecinos, uno de ellos Canadá, probablemente el más cercano de los amigos y aliados a lo largo de dos siglos de historia, sumada a las amenazas de guerra comercial contra Europa, evidencian una política exterior en donde las lealtades y los tratados no tienen mayor importancia frente a lo que Washington visualiza como sus intereses. Parece que proyectar la imagen de aquiescencia no supone necesariamente reciprocidad; en realidad, aquello no garantiza nada.

El abuso al que fue sometido el Presidente de Ucrania por disentir -en forma bastante prudente- con los intimidantes interlocutores en la Casa Blanca, expresa un estilo de política que no descarta el ejercicio de la coerción como línea de conducta. La toma de decisiones gira alrededor de un líder carismático, y puede ser contradictoria e inconstante. Un enviado especial de Trump, por ejemplo, abjura del respaldo a la oposición venezolana, para ofrecer un trato al gobierno de Maduro, que lo celebra épicamente como una victoria legitimadora de su cuestionado mandato, y pocas semanas después todas las concesiones son anuladas. Los impuestos comerciales a Canadá y México originalmente anunciados se suspenden, ambos países hacen esfuerzos por cumplir las demandas de Washington, pero sin mediar evaluación alguna son instaurados de nuevo.

La enemistad de los países latinoamericanos no parece ser una preocupación del Trump y su entorno mientras tenga instrumentos de presión. La resolución del impasse con Colombia, a propósito de la recepción de los migrantes deportados, es ejemplificadora. Se impuso la amenaza. Mientras mayor sea la asimetría de la interdependencia con los Estados Unidos, más vulnerables son sus socios. El Ecuador, además de tener su mayor mercado internacional, depende de la política monetaria estadounidense y de la provisión de divisas físicas y digitales de ese país. En las condiciones actuales, un enfrentamiento con los Estados Unidos podría ser muy peligroso y eso sólo considerando las consecuencias económicas.

Las dos candidaturas ecuatorianas han expresado su intención de continuar y mejorar sus relaciones con Washington. En uno de los casos la adscripción ha llegado hasta la imitación de las políticas arancelarias contra México; en el otro la tradición de las izquierdas, caracterizada por su aversión a los Estados Unidos, es evidente, pero la candidata ha tratado de moderar la retórica. Sin embargo, para la política exterior estadounidense, en estos momentos, no hay sutilezas. Los tratos con países como el Ecuador se llevarán adelante a través de relaciones de poder cualquiera que sea la propensión política del presidente(a). Es el caso de Panamá, cuyo jefe de estado, de centro derecha, se encuentra asediado por las intenciones de Trump de deshacer los tratados del Canal y volver a administrarlo.

Las relaciones de EE. UU. con América Latina no se están caracterizando por la amistad. El Ecuador, como el resto de los países, tiene en riesgo cualquier preferencia comercial, pero es aún más vulnerable que el resto. Una cautelosa distancia puede ser muy útil. Los acercamientos incondicionales son irrelevantes para Washington, pero la hostilidad no es una mejor respuesta. (O)