Un reportaje que aparece en las páginas centrales de este Diario el domingo, 22 de diciembre, desnuda la insensibilidad que puede invadir a los seres humanos ante especies exóticas y de gran belleza. Aunque las leyes prohíben el tráfico de animales, este no se ha frenado en Ecuador.

De la Amazonía sale ilegalmente la mayoría de especies que se comercializa, según la información proporcionada por el Ministerio del Ambiente, Agua y Transición Ecológica. La incidencia de tráfico de vida silvestre más alta corresponde a Orellana, Sucumbíos, Morona Santiago, Pastaza, Guayas y Pichincha.

La Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito estima que el tráfico de animales genera entre $ 8.000 millones y $ 10.000 millones por año a nivel global.

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En Ecuador se concentra en las siguientes diez especies silvestres conocidas popularmente como tortuga charapa pequeña, boa matacaballo, caimán de frente lisa, caimán negro, loro cabeciazul, lora alinaranja, perico caretirrojo, lora harinosa, mono chichico y mono ardilla.

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Una vez que un animal silvestre sale de su hábitat para ser ‘domesticado’ difícilmente puede ser reintroducido a su hogar natural porque pierde la capacidad de interactuar con sus iguales y de buscar sus alimentos.

Otra razón del tráfico es la creencia de que algunas especies son medicinales o tienen sabores exóticos.

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Lamentablemente las campañas de concienciación son escasas, casi nulas, y las leyes no aplicadas con severidad son una deuda con la naturaleza.

La captura y comercialización de vida silvestre está tipificada como delito en el Código Orgánico Integral Penal. El artículo 247 lo detalla e impone penas de uno a tres años de privación de libertad.

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Los crímenes contra la naturaleza deben mover a las autoridades y a la ciudadanía, no se puede ser insensible ante la destrucción de la biodiversidad con el pretexto o vanidad de tener una especie exótica por su belleza o buscar propiedades medicinales que ni siquiera están probadas. (O)