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Familiares de quienes emigran a Estados Unidos sufren duelo parcial que, de no ser superado, puede derivar en cuadros de depresión

Marcelo Manotoa, vocal de la junta parroquial de Quisapincha, calcula que de los 18.000 habitantes de la zona, más de 3.000 han decidido migrar.

En localidades de la provincia de Tungurahua hay familias enteras que se han ido con el fin de cumplir con el sueño americano. Foto: El Universo

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A Rosa Lasluisa, de la comunidad de Illahua Chaupiloma, parroquia Quisapincha ubicada en la parte alta de Ambato, los ojos se le llenan de lágrimas cuando cuenta que hace un par de años su hija de 20, junto con el esposo y la hija de ambos decidieron viajar de manera irregular hacia Estados Unidos.

En ese entonces, recuerda, la menor tenía apenas cuatro meses de nacida.

Ella lamenta que la falta de trabajo, pero sobre todo, en el caso de su hija, el no acceder a un cupo para estudiar Administración de Empresas en la Universidad Técnica de Ambato, la haya empujado a viajar.

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Refiere que una hermana y cuñado suyos que habían regresado hace cinco años de Estados Unidos conocían cómo ingresar al país norteamericano, y que por esa razón los cinco se unieron para aventurarse en el viaje.

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Lasluisa menciona que su hija se endeudó con $ 15.000, pero la joven y su esposo ya están trabajando, por lo que el anhelo de esta madre de familia es que pasen rápido los cinco años que los migrantes se propusieron como tiempo para estar allá y volver a Ecuador.

Cree que en el caso de su hija, la joven regresará a seguir la carrera universitaria que deseaba.

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“Quiero que pase rápido el tiempo para poder nuevamente tenerla entre mis brazos, porque en la actualidad, a pesar de que me llama todos los días, no es igual que no esté junto a nosotros. Es muy triste sentir este vacío. Solo le pido a Dios que regresen para volver a estar iguales, porque es muy dura esta pena, no me siento bien porque incluso mi nieta vivía con nosotros”, sostiene Lasluisa.

Y agrega que su experiencia la viven muchas otras familias, pero tratan de sobreponerse pidiéndole a Dios que todo les vaya bien.

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Ambato, Tungurahua. Rosa Lasluisa cuenta con pesar que una hija junto con el esposo y una pequeña que tenía apenas meses de nacida viajaron hace dos años a los Estados Unidos, tiempo en el que asegura no ha podido llenar ese vacío y que espera con ansias que pasen los cinco años que ofrecieron para regresar. Foto: El Universo

“Es doloroso para los padres ver que nuestros hijos y sus hijos han migrado a los Estados Unidos, sin saber cuándo regresarán. Ojalá volvamos a vernos”, comenta Joaquín Toroshina, también de Quisapincha, quien remarca que esa ausencia rompe la unidad de las familias.

Cuenta que el alejamiento de sus hijos y nietos le causó amarguras que derivaron en problemas en la salud.

Segundo De la Cruz, de la comunidad de Tambaló, parroquia San Fernando, comenta que de esta zona también ha migrado mucha gente. Hay quienes ya están dos años, otros un año, y que hay gente que en este momento planea migrar en busca de mejores días.

Esto se da, dice, entre personas de 15 a 30 años.

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Explica que como son más los jóvenes que se van hay muchos padres que se quedan con tristeza y preocupados.

“Tengo familiares que tienen todos los hijos en el exterior, a los mayores les ha dado enfermedades como el estrés porque a ellos no les interesa el dinero que mandan, sino quieren tenerles a su lado. Es algo triste lo que se ve”, expone el hombre.

Manifiesta que en ocasiones hay brigadas médicas que llegan a las comunidades, pero cree que eso no soluciona la incertidumbre que atraviesan los padres de quienes migraron. Él habla de una afectación emocional.

“No poder sentir un abrazo, una caricia, eso no se cura con medicina, porque eso es el amor del padre que no puede sentir de su hijo”, recalca De la Cruz.

Más de 3.000 menores han viajado

Marcelo Manotoa, vocal de la junta parroquial de Quisapincha, indica que la falta de trabajo hace que continúe la migración en busca, principalmente, del sueño americano. Refiere que los jóvenes siguen ese camino, incluso con coyoteros a pesar de que exponen sus vidas y adquieren deudas de entre $ 10.000 y $ 15.000 para viajar.

Calcula que de los aproximadamente 18.000 habitantes que hay en la parroquia, más de 3.000 personas menores de 40 años se han ido junto con sus cónyuges e hijos. Ante ese escenario son los adultos y adultos mayores los que se quedan a sufrir las consecuencias por el alejamiento de sus seres queridos.

Ambato, Tungurahua. En algunas partes de las zonas rurales se advierte que gran parte de la población, sobre todo joven, salió dejando a los adultos mayores abandonados con profunda tristeza. Foto: El Universo

“Los que se quedan están tristes de la preocupación porque no es que los que salen hoy ya llegan mañana. Hay casos que han tenido que pasar semanas o incluso meses sin saber nada de ellos. Además, sabemos que algunos habitantes de la parroquia están detenidos en migración con la incertidumbre de no saber si les permitirán llegar a su destino o que los vayan a deportar”, informa Manotoa.

Asimismo, indica que con quienes son parte de los programas que tienen con el Ministerio de Inclusión Económica y Social (MIES) trabajarán en atención de la salud mental. Con las personas que no están incluidas en este grupo, afirma, se planificará un tipo de acompañamiento.

Atención de casos

Juan Sandoval, psicólogo clínico-psicoterapeuta y perito certificado por el Consejo de la Judicatura, explica que en todos los casos de abandono se presenta un duelo, que generalmente se habla de duelo total cuando existe la muerte o la ausencia definitiva de una persona, pero que la migración genera un duelo parcial por el distanciamiento durante cierto tiempo.

Señala que sin ser un tiempo específico, un proceso de duelo va a demorar entre tres y seis meses, que es el promedio que le puede tomar a una persona para que elabore y reprocese las cosas, pero que si es más el lapso se puede hablar de un duelo de tipo patológico que se ve relacionado con síntomas de tipo depresivo y ansioso.

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Explica que si bien los padres ven que sus hijos van en búsqueda de un mejor futuro, el vacío que dejan no puede ser llenado por ninguna otra persona, ni siquiera por otro hijo, lo que dijo conlleva sentimientos de tristeza que, de ser muy prolongada e intensa, deriva en depresión y si esta se extiende conlleva a trastornos con episodios depresivos graves o moderados.

Sandoval aclara que la consecuencia última de la tristeza y depresión es en ocasión el intento autolítico o de suicidio, pero que todo dependerá de la capacidad que tenga una persona para reponerse a los eventos adversos, como en estos casos de la ausencia de los hijos.

Un agravante es cuando las personas migran con coyoteros y sus familiares no saben nada de ellos. Esto, menciona el profesional, genera un grado de temor que se puede volver mucho más intenso con la presentación de características somáticas como la pérdida del sueño, disminución del apetito o dificultad para mantener la atención.

Considera importante trabajar en prevención para evitar que se llegue a un cuadro crítico, pero eso toma tiempo.

Joaquín Toroshina contó que cuando una de sus hijas se fue al exterior le sobrevino estrés y depresión por la tristeza, ante lo cual un experto sicólogo advierte que son procesos que se deben tratar para evitar consecuencias como el suicidio. Foto: El Universo

Y cuenta que últimamente entre sus consultas ha aumentado el número de familiares de quienes intentaron viajar pero que han sido deportados, así como de adolescentes cuyos padres migraron.

Antes de la pandemia, casos relacionados con problemas de la migración atendía de uno a dos al mes, pero entre enero y octubre la cifra aumentó de ocho a diez mensuales. (I)

Redacción
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