No va a existir una respuesta latinoamericana a los aranceles de Trump. No al menos como región. América Latina se encuentra fragmentada y cada uno de los países, los que puedan, van a intentar negociaciones bilaterales con los Estados Unidos, todos ellos, en condiciones desventajosas.
México, la segunda economía regional, tiene una relación especial con su vecino del norte, y siempre se ha pensado a sí mismo con esa identidad. Cuando se trata de su vínculo con los EE. UU., América Latina deja de ser relevante para el Zócalo. Con muy pocas excepciones, normalmente México tampoco ha intentado proyectarse hacia América Latina, y cuando lo ha hecho, su éxito político siempre ha tenido dificultades. En esta ocasión, la interdependencia con los Estados Unidos en términos del intercambio de productos y componentes industriales, así como de bienes agrícolas, es vital para el gobierno de MORENA. No ha habido ningún signo, ni lo habrá, de encabezar una posición regional.
Los norteamericanos son el segundo socio comercial de Brasil, aunque sus importaciones son alrededor de la mitad de aquellas que China recibe desde el país sudamericano. Igualmente, los principales exportadores hacia ese país, en el mismo orden, son las economías mencionadas. Brasil no puede prescindir de estos dos socios en el momento actual, pero puede intentar negociar para sí mismo.
El norte de Sudamérica es más dependiente económicamente de los Estados Unidos que el Cono Sur, y sus problemas no son los mismos. El presidente Lula ha intentado reconstruir la capacidad política que Brasil tuvo en el subcontinente durante la primera década de este siglo, pero los tiempos han cambiado. Las izquierdas latinoamericanas son distintas, la relación con Venezuela es áspera, por ejemplo, y su amigo más confiable es el presidente Petro. Los gobiernos conservadores, por su parte, son francamente escépticos de volver a la institucionalidad propuesta por Brasilia y apoyada por Caracas veinte años atrás.
Sin Brasil y sin México, no quedan otras posibilidades de liderazgo regional que eventualmente puedan sugerir una visión relativamente común de los problemas globales, particularmente de la forma como relacionarse con Trump. El presidente Milei respalda incondicionalmente, casi sin fijarse, cualquier política que Washington emita sobre cualquier tema, y más de un gobierno en Centro y Sudamérica, brega candorosamente por establecer relaciones particulares proponiendo concesiones inéditas.
La vuelta de la influencia estadounidense en el hemisferio occidental fue mucho más fácil de lo que se presumía. Washington está usando la gigantesca asimetría estructural de su economía para asegurar, prácticamente sin conflicto, su incidencia en la región. Hasta el momento su instrumento ha sido la intimidación comercial. Procesos que tardan años en el campo internacional, por ejemplo, la reconstrucción de hegemonías, tomarán cuerpo en pocos meses si las tendencias continúan.
Las posibilidades latinoamericanas de oposición a Trump parecen muy limitadas más allá de la retórica. Los escenarios multilaterales, en donde una posición común hipotéticamente podría acordarse, están muy erosionados. La Celac no despegó durante la presidencia de Honduras y la OEA terminó muy debilitada luego de la gestión de Almagro. Reina la desolación. (O)