Hoy se posesiona Donald Trump como presidente de EE. UU., por segunda vez. Y esta vez, tanto él como su secretario de Estado, tienen sus ojos puestos en América Latina y no precisamente con una actitud de buen vecino. Los primeros golpes de efecto lo dejaron muy claro: primero contra los miles de migrantes latinoamericanos que viven en EE. UU. y pueden ser deportados sin más; luego contra México y el anuncio de aranceles y sanciones, a pesar del Tratado de Libre Comercio que tienen firmado; y finalmente lo más preocupante, la pretensión de “recuperar” el Canal de Panamá. La región va a extrañar el tiempo cuando reclamaba a Bush o a Obama no dar suficiente atención a la región.
Pero no hay mal que por bien no venga. Esta amenaza ha hecho que muchas redes de diplomáticos, académicos y expertos empiecen organizarse, a escribir pronunciamientos, a pensar estrategias de cómo enfrentar una negociación con la segunda administración Trump. Me uno a mis colegas latinoamericanos que en este esfuerzo han escrito columnas similares –como Diego García Sayán en Perú y Juan Gabriel Tokatlián en Argentina– para decir que hay suficientes precedentes en la región para enfrentar imposiciones abusivas o fuera de lugar, provenientes de EE. UU.
Y hay tres premisas que deben primar en este momento. Primero, calma y mesura en las respuestas. Muchos líderes latinoamericanos se apresuraron a contestar al presidente electo, sin esperar siquiera que tome control de la administración estadounidense. Eso solo es una muestra de debilidad y escasa visión estratégica. La muestra es que Canadá, el que más se apuró a contestar e ir a Mar-a-Lago para “acercar posiciones”, fue al que peor le ha ido hasta ahora. Segundo, hay que entender su estilo de negociación y tener listas contrapropuestas y alternativas. Más allá de las declaraciones avezadas, sus asesores ya nominados han aclarado en Washington que las amenazas de aranceles o el control de Panamá son posiciones de negociación, nada más. Y quien dejó aún más claro el escenario fue el secretario de Estado, Marco Rubio, durante su audiencia de confirmación la semana pasada: “No existe aún una alternativa estadounidense a lo que los chinos ofrecen” refiriéndose a América Latina y Panamá en particular. Su frase es significativa porque reconoce que EE. UU. demanda mucho, pero ha dado poco a la región y recién está armando esquemas que ofrezcan oportunidades para una región que se desangra por la alta criminalidad, pobreza y desempleo.
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La tercera y final premisa debe ser una estrecha coordinación entre países para tener respuestas elaboradas y coherentes frente a presiones de EE.UU. Hay que ampararse en precedentes y en el derecho internacional, únicas herramientas que tiene la región frente al poder militar y económico más grande del planeta. Sé que hablar de integración latinoamericana hoy en día es casi arqueología, pero sí podemos hablar de coordinación estratégica entre países y en la región en general, independientemente del rasgo ideológico de sus mandatarios. Esto es lo único que puede salvar la autonomía de América Latina para manejar su destino y garantizar el bienestar de su gente. (O)