Desde hace varias semanas Trump ha venido anunciando con mucha pompa y estridencia, tan propias de su gobierno, que mañana será el día de la liberación arancelaria de los Estados Unidos: “Tariff Liberation Day”. De lo que ha trascendido mañana el gobierno de esa nación expondrá un comprensivo y agresivo plan proteccionista que busca en esencia levantar murallas tarifarias a las importaciones de productos con el objetivo de fomentar su industria manufacturera. No es muy diferente de lo que ha venido haciendo de hasta ahora. Quizás la única diferencia sea que lo de mañana esté más elaborado que los anteriores.

La ‘trade–política’

¿Qué lectura deja la visita del presidente Daniel Noboa a Mar-a-Lago, la residencia privada de Donald Trump?

Trump está empeñado, y lo ha dicho abiertamente, en socavar a la globalización económica, un fenómeno de dimensiones e implicaciones enormes que se cimentó y creció a partir alrededor del fin de la Guerra Fría; y que no es nuevo en la historia. En su visión, Trump sostiene que la globalización ha perjudicado los intereses de los Estados Unidos. No hay manera de que entienda su error. Los Estados Unidos ha sido el primer y más grande beneficiario de la globalización económica. Y no solo él. De ella se han beneficiado, probablemente en menor escala, pero igual se han beneficiado, millones de seres humanos de otras naciones.

Los más destacados economistas le han advertido del craso error que comete. De hecho, los consumidores estadounidenses no están muy seguros de celebrar el anuncio de mañana. El sueño de Trump de ver a su nación regresar a la época en la que fue la líder de la industria manufacturera probablemente se convierta en una pesadilla. Una recesión no ha sido descartada.

No es muy cierto, como lo cree casi ingenuamente Trump, que su política proteccionista va a socavar la globalización económica. La economía de los Estados Unidos sigue y seguirá siendo la primera en el mundo, y su guerra comercial contra la globalización probablemente provoque cierta desaceleración. Pero no va a detenerla. Después de todo su contribución al comercio mundial es menor al 13 %; su supremacía comercial no es la de antes. Su guerra comercial contra China, por ejemplo, apenas afecta el 3 % del comercio global. Otros polos económicos están listos a ocupar el liderazgo que Estados Unidos quiere abandonar para encerrarse en su proteccionismo. Les tomará algo de tiempo, pero no es imposible. Todos ellos, en mayor o menor medida, han reiterado su adhesión a los pilares del libre comercio y la globalización. La Unión Europea, a la que próximamente se unirá Noruega, un gigante petrolero, con un mercado de 450 millones de personas, tendrá un rol protagónico en los próximos años. Junto con China, Japón, Corea del Sur, Australia, Canadá, Gran Bretaña, los Emiratos Árabes Unidos e India, continúan negociando acuerdos comerciales, entre ellos y con terceras naciones. Sus líderes han expresado compromiso con el multilateralismo.

El presidente Lasso cerró un acuerdo comercial con China, segunda economía mundial, que es clave para el país, y otro con Corea del Sur. El presidente Noboa concluyó las negociaciones que se habían abierto con Canadá. Y esa es la línea que debemos seguir. Ya perdimos una década, la del correísmo, negándonos con necedad a insertarnos en la economía mundial y expulsando a la inversión extranjera. (O)