En los últimos meses he escuchado a políticos y analistas referirse a una reforma constitucional o una asamblea constituyente, como si fuese una suerte de fin del mundo; un escenario prohibido y catastrófico.
En esta columna hemos comentado en muchas ocasiones sobre el daño que causó a la institucionalidad democrática del país la expedición de la Constitución de Montecristi, diseñada a la medida del supremo líder, quien olvidó que el poder no es eterno y que más temprano que tarde ese traje muy poderoso lo vestiría otro.
Me refiero al CPCCS, por ejemplo, creado para ser la fachada legal de la designación a dedo de las autoridades de control por parte del Ejecutivo, que todos los candidatos en campaña condenan, pero cuando llegan al poder, cual Golum (de El señor de los anillos) con el anillo de poder de Sauron, enfocan todas sus energías en controlarlo para evitar fiscalización y perseguir a los opositores.
Me refiero a la prohibición de contratar directamente con medios por parte de los candidatos y movimientos políticos, dizque para garantizar la participación equilibrada, a través de las pautas del CNE, pagadas con los impuestos de los ecuatorianos, frente a la ilimitada promoción del candidato presidente a la reelección.
Me refiero a la figura decorativa de la Vicepresidencia, convirtiéndola en despacho de la conspiración.
Me refiero al Consejo de la Judicatura, símbolo de la metida de mano a la justicia, tan cuestionada durante la década de la revolución ciudadana, pero al igual que el CPCCS, objetivo principal de todo gobernante, para dormir tranquilo y quitarle el sueño a todo aquel que ose criticar a los designios del todopoderoso huésped de Carondelet. Es que al parecer la tentación de tanto poder luce irresistible para quienes pisan la alfombra roja y reciben el saludo diario de los granaderos de Tarqui.
Llegan con el firme propósito de resolver los grandes problemas del país, trascender y cumplir con el plan de gobierno. Pero el brillo del anillo suele transformar al bienintencionado candidato en algo muy diferente. Por ese motivo, ojalá en el futuro llegue algún gobernante que “destruya el anillo” antes de ponérselo y caer seducido por su poder. Que convoque a una asamblea constituyente que desbarate este entramado irracional y restablezca una estructura institucional con equilibrio de poderes y sin vehículos para el totalitarismo.
Lo contrario es demasiado peligroso, lo que hemos vivido desde el 2008. Presidentes poderosos usando las instituciones para aniquilar cualquier crítica posible, desplegando todos sus recursos para captar dichas instituciones (el anillo de poder) y poder utilizarlas para controlar la política y cualquier protesta gremial o ciudadana. Para invisibilizar excesos, yerros, corrupción e ineficiencia. O una oposición que controla el anillo y con ello pone de rodillas al gobernante de turno.
Ni lo uno ni lo otro. ¿El antídoto? Instituciones fuertes, independencia de poderes, contrapesos y prensa libre, con fortaleza económica suficiente que le permita ser independiente del poder político y no depender de la pauta oficial para sobrevivir. Esta es la fórmula. Ni más ni menos. (O)