En el poco tiempo que lleva en la presidencia de los Estados Unidos, el señor Donald Trump ha realizado algunos actos inéditos en la política mundial. Ha empezado a negociar la paz en Ucrania directamente con el agresor ruso, pasando por alto al presidente Volodímir Zelenski y al pueblo asolado por la guerra. Negocia de poder a poder dejando de lado a los europeos y a la OTAN, que serían víctimas de la agresión de Vladimir Putin. Ucrania tiene suelos muy fértiles que producen cereales y alimentos varios. Demóstenes en la Grecia antigua mencionaba el trigo de Ucrania. También tiene tierras raras, litio y otros elementos imprescindibles para la construcción de aparatos de electrónica. Su extraordinaria riqueza le interesa mucho al presidente de Estados Unidos e impone negociar.
Los europeos, por su parte, también han sido sorprendidos por la celeridad con que ha actuado Mr. Trump, quien los ha acusado de cobijarse bajo la seguridad que les brinda América del Norte. Les ha recordado cuánto dinero les cuesta a los contribuyentes de su país y les ha pedido que ellos gasten más en su propia defensa. La respuesta ha sido inmediata. Francia ha recordado que tiene bombas atómicas, como los británicos, y los alemanes han acusado el golpe y la realidad. Tal vez ellos desarrollarán sus propias armas, pero tomará tiempo. No debemos olvidar que, en los últimos años de la Segunda Guerra Mundial, Hitler confiaba en el desarrollo de cohetes destructivos en un lugar secreto: Peenemünde. No le alcanzaron los recursos ni el tiempo. El peligro de una escalada nuclear, el de una invasión a los países bálticos por parte de Rusia, es en nuestros días una amenaza cercana y latente.
El ataque de Hamás a Israel fue alevoso y estúpido. El gran problema de los terroristas es que no alcanzan a medir las consecuencias de sus actos asesinos. Creo que nadie pudo imaginar la contundencia de la respuesta de Israel. La TV nos muestra la destrucción de las ciudades y los campos de Gaza. Ese fatal escenario el financista Trump lo quiere convertir en un centro de gran turismo. “Troquemos las espadas por arados”, clamaba el profeta Isaías. El trueque de Mr. Trump presupone arados para cultivar la tierra y alimentar a los turistas que vacacionen en sus complejos hoteleros.
Los canales. Cuando este columnista era estudiante de segundo curso, en 1956, Nasser nacionalizó el canal de Suez y a nuestro profesor de Derecho Internacional, el maestro Antonio Parra Velasco, le pareció un suceso tan importante que organizó una conferencia pública de cuatro de sus alumnos para exponer el suceso. Él escogió a los “voluntarios” como expositores: Nicolás Parducci, Fausto Cueto, Gustavo Ibáñez (+) y yo. La historia del canal, su importancia económica, los hechos en sí y las conclusiones. Me tocó la última parte. Una de ellas era la aspiración a que el canal de Panamá sea solo de los panameños. Se realizó años más tarde con la suscripción de los tratados Torrijos-Carter. Pero mi alma hispanoamericana también anhela que el gran garrote no se esgrima sobre el canal de los panameños y que se los deje autónomos, sin China ni los Estados Unidos. Ojalá Mr. Trump lo respete. (O)