En ese montaje televisado, mal llamado debate, los candidatos a la Presidencia apenas aludieron de pasada a la necesidad de hacer reformas constitucionales y mantuvieron silencio acerca de sus respectivos anuncios previos de convocar a una Asamblea constituyente. Puede haber sido por el formato absurdo de ese programa, que no permitía conocer las propuestas de cada uno o por las recomendaciones de sus estrategas que, como mandan las reglas del espectáculo, seguramente estarán convencidos de que la superficialidad y el éxito van de la mano. No hay otra manera de comprender que en esas dos largas horas no haya sido posible encontrar algo que se parezca a una propuesta de política pública. Las respuestas, aprendidas de memoria o anotadas en unas hojas que se traspapelaban por el nerviosismo y por la urgencia de los escasos segundos otorgados, no llegaban ni siquiera al nivel de las ofertas que se hacen en medio del entusiasmo que rodea a la tribuna cuando no deben seguir un libreto.
Más allá del absurdo formato del programa –que incluso hacía innecesaria la participación de una acreditada periodista, ya que habría bastado con una alarma y un cierre automático del micrófono–, el tema central es que ahora sabemos mucho menos acerca de lo que hará cualquiera de ellos al llegar a la presidencia. En el asunto concreto de la reforma constitucional, que ambos anunciaron previamente y que han retomado posteriormente, no proporcionaron la más mínima pista. Se supone que, al hablar de un cambio integral a la Constitución, no solo de la reforma de un par de artículos, se está aludiendo a un nuevo orden político, vale decir, a un nuevo modelo de Estado. No se reduce únicamente a la eliminación de ese engendro mal llamado Consejo de Participación Ciudadana. Para eso no es imprescindible, ni siquiera necesaria, una Asamblea constituyente. Si hablan de reforma constitucional lo hacen porque quieren cambiar de raíz el orden vigente. Desde el un lado, para dejar atrás el viejo Ecuador y fundar el nuevo, signifique esto lo que pueda significar. Desde el otro lado, para volver a los tiempos de las vacas gordas sin vacas y sin pasto para alimentarlas.
Si eso es así, si estamos frente a dos proyectos de esa naturaleza, podemos sostener que atravesamos un momento crucial y, por tanto, que lo que se juega en la elección es mucho más serio y profundo que lo que nos dejó el debate que no fue tal. Como ha ocurrido en infinidad de ocasiones en el país, se nos anuncia un gran cambio, pero en esta ocasión, a diferencia de otras en que se explicitaban las posiciones ideológicas (Borja-Febres-Cordero, Correa-Noboa, Moreno-Lasso), se nos ocultan los contenidos que tendría ese cambio. Ni siquiera hubo alguna alusión a las medidas que se tomarían para lograrlo y a los efectos que tendría. En otras palabras, se nos oculta la línea fundamental que guiaría a su respectivo gobierno.
Las elecciones como suicidio colectivo
En 13 días los votantes deberán manifestarse de manera obligatoria, y no es aventurado señalar que, para una alta proporción de ellos, será algo similar a adentrarse en una de dos cuevas oscuras. Confundidos por las agresiones de la una y los silencios del otro, la mayoría de los electores debe haberse quedado con la insatisfacción propia del parto de los montes cuando el resultado es un minúsculo ratón. (O)