Con cierto dejo de incredulidad, incertidumbre radical, temor y desesperanza, el mundo asiste a la destrucción del sistema multilateral de comercio y la imposición de una doctrina que la mayoría de los analistas pensaba superada, pero que hoy constituye uno de los experimentos cimeros en política internacional, por sus efectos en la economía global y en la de cada uno de los habitantes del planeta.

El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, ofreció a sus seguidores ideológicos que devolverá su país a una situación de bonanza sin precedentes, ya que Estados Unidos había sido objeto de actos de “violación y saqueo” y que esto no iba más.

Anunció, desde mucho antes de ser elegido, que impondría aranceles a todos los países que habían abusado de los estadounidenses, para así tratar de nivelar el comercio internacional y captar billones de dólares que resolverían el problema de la deuda de Estados Unidos. Estas y un sinnúmero de afirmaciones del presidente Trump y de altos funcionarios de su administración sustentan las medidas tomadas.

El presidente Trump calificó al 2 de abril pasado como el “día de la liberación”, pues ese día, en una ceremonia en la Casa Blanca, lanzó al mundo las tablas de aranceles a las exportaciones de productos provenientes de los países con los que tiene intercambios comerciales. El cálculo es complejo y espero que los especialistas nos lo expliquen más adelante. Es una fórmula mixta de aranceles, impuestos, subsidios y otros que, según la Secretaría de Comercio, afectan a los productos exportados por Estados Unidos.

Lo extraordinario es que la aplicación de estos aranceles varía desde el 39 % para la Unión Europea y el 34 % para China, hasta el 10 % para la mayoría de países.

China ha resuelto una retaliación similar y los europeos han anunciado lo mismo. Muchos consideran que esto es el inicio de una guerra comercial sin precedentes en la época contemporánea, cuyos efectos solamente se podrán apreciar con el recurrir de los próximos meses y años.

Todo lo antes dicho es de conocimiento público y analizado con frenesí en todos los países afectados, con el objeto de encontrar las alternativas para que el impacto no afecte el bienestar de sus poblaciones, debido a las abruptas caídas de la producción y el empleo que se avecinan.

El espacio de esta columna no permite un análisis más profundo, basta concluir que vivimos momentos de gran incertidumbre que pueden afectarnos y cuyas consecuencias merecen el más profundo análisis y la preparación de estrategias defensivas y ofensivas que cuiden los intereses de la nación.

Los ecuatorianos necesitamos tener la capacidad de enfrentar los retos internacionales como el actual, a través del diálogo que nos lleve a acuerdos. Todos debemos unirnos, buscar caminos y soluciones por bien del Ecuador. En muchas de mis columnas he invitado a la reflexión y a la búsqueda democrática de soluciones, con la premisa de entendernos y evitar la confrontación en luchas estériles. (O)