La historia de los hijos de Jacob, la permanencia de sus descendientes en Egipto y el Éxodo, narra una serie de episodios ejemplarizadores, probablemente reales. Pero es evidente que los hechos relatados están mitologizados, es decir, simplificados, acentuados los contrastes y condensados en pocos personajes, de manera que se pueda transmitir a personas o comunidades con distinto desarrollo cultural. La exégesis o interpretación crítica, hecha de buena fe, lejos de desvirtuar el relato bíblico, lo asienta sobre realidades que lo fortalecen.
Recogiendo aportes de distintas disciplinas, podemos componer esta narración. La actual tierra de Israel estuvo poblada por tribus de común origen cananeo. Estos grupos se enfrentaban entre ellos con frecuencia. Alguno, en guerra con el grupo de Jacob, sus enemigos y hermanos de raza, tomó un número indeterminado de prisioneros, que los vendieron como esclavos. Quien los adquirió los llevó a trabajar en el país más adelantado y poderoso de la época, Egipto. Algunos permanecieron en esa lamentable condición, pero otros, dada la naturaleza inteligente y laboriosa de esa nación, prosperaron, llegando incluso a ser funcionarios del impresionante imperio.
Un cambio climático produjo una hambruna en Canaán, que forzó la emigración de un gran contingente cananeo al próspero Estado de los faraones, que gracias al dominio del riego y de otras técnicas agrícolas mantenía cierta abundancia. Allí se reconocieron como hermanos con los que llegaron primero. Una parte de los llegados en la segunda ola vivió con modestia, pero una fracción significativa se enriqueció y se movía con solvencia en las altas esferas de la sociedad egipcia. Merece resaltarse que a pesar de que transcurrieron 500 años no perdieron su identidad y ni lo harían en otras circunstancias similares. Como todavía ocurre, la prosperidad de los extranjeros causó en el pueblo anfitrión gran envidia, sin duda mucho más fuerte entre los estratos más pobres, que se creían con más derecho a la riqueza por ser “nacionales”. Comienzan a perseguirlos y tenemos el primer brote de antisemitismo, la más repetida manifestación de xenofobia.
El dilema del prisionero climático
Los habrán robado, maltratado y esclavizado. Pero un magnate hebreo con nombre egipcio, Moisés, no toleró estos abusos y lideró el movimiento de retorno a su tierra de origen. El gobierno del faraón reaccionó erráticamente, una veces favoreciendo la expulsión de los foráneos, otras impidiéndola para no quedarse sin mano de obra y sin “divisas”. En todo caso se desató la migración de vuelta, después de medio milenio de ausencia. Los retornados no fueron bienvenidos, pero ese es otro tema. ¿Esto, se parece o no, a veces hasta en pequeños detalles, a fenómenos migratorios a lo largo de toda la historia humana, incluso en este país y en esta época? Ni qué hablar de Europa y Norteamérica. Conocemos el caso hebreo porque está narrado en una bella epopeya, que entre otras sabias lecciones aconseja “trata bien al extranjero, acuérdate de que fuiste extranjero en Egipto”. Ojalá tan magnífico mandamiento fuese aplicado por toda la humanidad, especialmente por aquellos que consideran a ese relato “la palabra de Dios”. (O)