La campaña preliminar de segunda vuelta ha entrado en una vorágine de acusaciones y contradicciones relacionadas con el manejo del poder, que trata de poner anabólicos a denuncias de supuesta corrupción, con el afán de que se conviertan en el elemento clave que desempate la contienda entre Daniel Noboa y Luisa González el cercano 13 de abril.

Vemos, con algo de memoria política, que lo antes bueno, ahora es malo para algunos de los sectores en disputa; que lo que antes obligaban por ley y con espada sancionatoria a callar a los medios, ahora exigen que se publique aunque esté en la neonata categoría de denuncia; que la libertad pregonada para redes sociales y sus jinetes, ahora se anticipa que desde la Asamblea se tratará de controlarla, porque en el presente ya no basta solo censurar lo impreso o lo dicho en horario estelar.

El resultado electoral del 9 de febrero dejó claro, clarísimo, que el país político está partido en dos: los celestes, autoidentificados con la izquierda y los violeta, autoidentificados con el empresariado. Con un elemento que los une como siameses: el populismo, clientelar en muchas ocasiones, que les ha permitido ubicarse en la disputa de un poco más del 8 % de la votación, que es lo que ha quedado por conquistar, lo que equivale más/menos a un millón y medio de votos válidos, cancha demasiado pequeña para jugar la segunda vuelta y en la que el árbitro, CNE, debería tener ojos hasta en la nuca.

Es quizás por eso que la precampaña que vivimos se ha convertido en una especie de batalla de lodo, en la que las acciones de gobierno que ejerce uno de los candidatos, y cuya falta de licencia fue cuestionada en primera vuelta, ahora sirven de prioste en la estrategia que busca golpearlo.

Así, lo que antes fue bueno, ahora es malo: la contratación directa, con invitación, como ocurriría en el campo Sacha (nombre que poco o nada dice al votante popular); la denunciada irregularidad en la compra de insumos de protección para la fuerza militar; o la supuesta participación de parientes (una tía) en los negocios del Estado, satanizada con los argumentos contrarios a los que en el pasado reciente justificaban a un hermano en el ejercicio de su profesión. Aquel que dijo que la contratación pública era como un “bufé dominical”.

Digo figurativamente batalla de lodo por lo sucias que pueden ser las denuncias de corrupción que se hacen y que del bando gubernamental se vuelven literal, con los pies puestos en el fango y la desgracia que deja un invierno que ha devuelto con furia las lluvias. En medio de los deslaves e inundaciones y sus damnificados, se ha recordado que en el pasado reciente se desalojó hasta un cementerio para una megaobra que supuestamente evitaría que una importante zona de Manabí vuelva a inundarse. Y ha vuelto a ocurrir en este y ya varios inviernos pasados. Megaobras con megapresupuestos, vale puntualizar.

La mala noticia para ambos bandos es que el ejercicio de la ciencia política ha evidenciado que la corrupción no es un tema definitivo a la hora de ir a votar. Menos aún ante el dolorosamente arraigado concepto popular “que robe, pero que haga”. (O)