En un mundo donde las excusas abundan y el dedo acusador siempre encuentra un culpable, es fácil caer en la trampa de culpar a factores externos por los fracasos o desafíos que enfrentamos. Sin embargo, la realidad es que el mayor descubrimiento de las leyes del éxito es que la responsabilidad personal y empresarial es la clave para alcanzar nuestras metas.
En el ámbito personal, somos responsables de nuestras decisiones, de nuestros actos y, en última instancia, de nuestras vidas. Es común escuchar que el entorno, la economía o incluso la suerte son los responsables de nuestro destino. Pero la verdad es que somos nosotros quienes, con nuestras elecciones, determinamos el rumbo que tomamos. No podemos controlar todo lo que nos sucede, pero sí podemos controlar cómo respondemos a ello. Esa respuesta es lo que define nuestro éxito o fracaso.
Lo mismo ocurre en el mundo empresarial. Las empresas a menudo enfrentan obstáculos que parecen insalvables: cambios regulatorios, competencia feroz o crisis económicas. Es fácil caer en la trampa de la queja, de señalar al gobierno, al mercado o a cualquier otro factor externo. Pero al final del día, las empresas que prosperan son las que entienden que tienen su destino en sus manos. Las que toman decisiones estratégicas se adaptan al cambio y, en lugar de quejarse, actúan con determinación.
En lugar de esperar que otros resuelvan nuestros problemas, debemos asumir la responsabilidad de nuestras vidas y empresas. Este concepto puede parecer simple, pero su aplicación es profunda. Significa dejar de lado la mentalidad de víctima y adoptar la de protagonista. Reconocer que el control está en nuestras manos y que el éxito depende de las acciones que tomemos.
Las empresas que se lamentan de su suerte o solo reaccionan al entorno suelen quedarse atrás. En contraste, las que lideran son las que no esperan que las condiciones sean perfectas, sino que crean sus propias oportunidades. Deciden sus estrategias con claridad, invierten en innovación y se adaptan con agilidad a los cambios del entorno. Todos debemos hacer una pausa consciente, dejar de reaccionar y tomar decisiones razonadas, deliberadas y responsables.
Esto no implica desconocer las adversidades, sino entenderlas y gestionarlas de manera proactiva. Cada momento que vivimos puede volverse extraordinario y ponernos en una mejor posición si lo vemos como una oportunidad para aprender, crecer y mejorar en lo que es relevante. Tampoco desconocer la importancia que tiene un gobierno que sume en la solución de las grandes problemáticas del país. No se trata de esperar a que las circunstancias cambien a nuestro favor, sino de cambiar nosotros mismos para enfrentar las circunstancias y marcar la diferencia en lo que hacemos y el impacto que generamos.
No es fácil, hay que empezar venciéndose a uno mismo, pero si queremos progreso debemos dar lo mejor. Es un mensaje sumamente pertinente en las circunstancias actuales, en las que es vital que seamos todos parte de la solución en un país que nos necesita. Como bien lo dijo Kennedy: “No preguntes qué puede hacer tu país por ti, sino qué puedes hacer tú por tu país”. (O)