Gobernar un país en crisis es complejo; sobre todo extirpar lo dañino en poco tiempo. Fantasía incluso en periodo mayor en un campo contaminado, urgido de cirugía profunda con los mejores equipos. ¿El Gobierno y el Estado los tiene? ¿Se opera efectivamente o se miente con “pócimas” milagrosas? Pareciera que el pueblo vive su trágica realidad y el Gobierno su mágica fantasía. Como la del patriarca Buendía –en Cien años de soledad de García Márquez– obsesionado con una ciudad de espejismos: “Macondo”. La crea según su percepción y cimenta su debacle. El Ecuador es ese “Macondo” donde ficción y verdad se coluden para captar votos.
El realismo filosófico plantea un mundo verdadero independiente del pensamiento; ello no implica el poder entenderlo cual realmente es. Algunos funcionarios ignoran la realidad, y hasta son incapaces de comprenderla al situarla frente a sus ojos. También el pueblo muchas veces la desconoce “embrujado” entre sus “Guatemalas” y sus “Guatepeores”; si no ¿cómo explicar que últimamente el presidente entrante haga extrañar al saliente? Lo mágico prometió minar el consumo de drogas con la derogatoria de la tabla; no alzar el IVA; bajar el desempleo; igualar la pensión jubilar mínima a un sueldo básico; no elevar precio de combustibles. Se publicitó el Plan Fénix contra la inseguridad, la Ley no más apagones, y hoy se sugiere al pueblo adquirir silbatos de socorro ante la peligrosa oscuridad, entre otras ilusiones.
El mal manejo comunicacional se suma a una administración que intenta ocultar sus fallas, sus novatadas y endilgan la contingencia energética al pasado, a sabotajes humanos, de animales, árboles, falta de lluvia, etcétera, cuando el estiaje fue advertido mucho antes de su llegada al poder. No se tomaron medidas oportunas y eficaces; hoy esperan ayuda divina. La falta de proactividad y prevención las paga el pueblo. Los incendios forestales (presuntamente provocados) agravan el panorama y merecen dura sanción.
El “Macondo” no es culpa única de este Gobierno; es el corolario de años de mala planificación, ineptitud e improvisación. Un país de tanta riqueza y potencial geográfico pudo prepararse mejor: “no solo de lluvias vive el hombre”. Justificar lo injustificable, a veces con arrogancia, reactiva esa sensación de desamparo, el “antes estábamos mejor”. Lo fantástico devela el caos, los espejismos de Buendía, la demagogia-electorera de egos ambiciosos no aptos para ciertos desafíos. Excesivos presidenciables blanden “varitas” mágicas, contra el sentido común de un acuerdo cívico-político nacional que permitan gobernabilidad; gestar fondos para trabajos inmediatos en termo e hidroeléctricas; financiar nuevas fuentes de energía renovable; estimular producción y empleo; invertir más en seguridad, educación, salud.
El pueblo está harto de conflictos infructuosos, aunque también es cómplice de su presente. Urgen esfuerzos conjuntos de Gobierno, Estado y una ciudadanía con conciencia política-ecológico-ambiental, caso contrario terminaremos arrasados por un demencial “diluvio”, como Macondo.
¡Vaya ironía! (O)