Los resultados de la última elección presidencial son una mala noticia para el Ecuador: pasaron a la segunda vuelta dos populismos autoritarios con todas sus letras. Porque si el movimiento Revolución Ciudadana hubiese aprendido la lección, Luisa hubiera empezado su campaña reconociendo los errores cometidos en materia de democracia, derechos humanos (especialmente contra poblaciones indígenas) y cooptación de la justicia para fines políticos. Hubiera sido muy fácil –dada la frágil memoria de los electores– decir que su movimiento ha reflexionado y auditado el pasado y que si bien tuvieron programas acertados de política pública, las prácticas y procedimientos (que llevaron a dramáticos casos de corrupción organizada) no estuvieron a la altura.
No se diga Daniel Noboa, a quien le tomó apenas unos meses en el poder anunciar públicamente que “es muy mal enemigo” y –una vez más– seguir los pasos del predecesor al que cree su némesis, Rafael Correa. Esta vez no fueron periodistas o luchadores sociales los primeros en su lista, sino sus propias colaboradoras cercanas, empezando por su vicepresidenta, pero siguiendo rápidamente con su ministra de Energía y eso, sin olvidar a su exesposa Gabriela Goldbaum, entre otros. Y la pregunta que debe primar en esta segunda vuelta, ojalá en todos los espacios y todas las entrevistas es: de ganar las elecciones, ¿van a respetar la Constitución y la ley y van a abstenerse de atacar e intervenir en la justicia o usar el sistema de justicia para su beneficio?; ¿van a respetar las condiciones mínimas de una democracia, especialmente la libertad de expresión y asociación?; ¿o van –otra vez– a considerar que periodistas, críticos y activistas son una suerte de conspiradores constantes contra su persona como sigue diciendo el expresidente a nombre de RC o como generalmente repiten los ministros de Daniel Noboa y él mismo?
El burro vanidoso: líderes que olvidan su propósito
Digo todo esto porque comprometerse a respetar el marco básico de la democracia formal, incluyendo la alternabilidad si es el que el pueblo no los ratifica después de cuatro años, podría ser la línea que convenza a muchos electores que están en el 10 % restante que no votaron por las dos opciones. Somos una minoría que todavía espera una suerte de racionalidad y respeto en el manejo del Estado y en la convivencia política nacional, pero esta vez, se trata de una minoría decisiva que podría zanjar la elección si ve a cualquiera de los dos candidatos (o mejor a los dos) extender la mano y reconocer errores pasados y presentes. Al menos esperamos la promesa de respetar y escuchar la crítica y a los críticos, de construir políticas públicas con visiones de largo plazo e incluyentes hacia grupos que no comparten su ideología o punto de vista, pero sobre todo que estén lideradas en sus diferentes áreas por gente que sepa profundamente de los temas, no “amigos de la infancia” o “ideológicos afines”. Ya deberían saber las dos candidaturas finalistas que hacerlo solo conduce al desastre en áreas tan especializadas como seguridad, economía, defensa, educación, energía, política exterior, etc. El país no aguanta más años de necios atrincheramientos. (O)