Siempre he considerado el acto de votar como una fiesta. Desde los 18 años, cuando voté por primera vez, hasta ahora, con más de 80, nunca he dejado de participar. Voy temprano, alrededor de las ocho, con mis mejores atavíos, zapatos cómodos y lo necesario para sortear cualquier imprevisto. Llevo una pluma azul en el bolsillo y, si hace falta, algo para plastificar el documento. También me aseguro de que los miembros de mesa hayan desayunado. En general, tienen cara de haber pasado una mala noche, y si es necesario, les hago llegar un desayuno sencillo pero contundente, compartido con dos policías que suelen verse igual de fatigados.

Regreso caminando a casa, converso con los vecinos y nunca digo por quién voté. Quienes me conocen no tienen muchas dificultades en adivinarlo, pero yo no asiento ni niego… solo sonrío. Y si insisten, mi respuesta es clara: el voto es secreto.

Votemos con optimismo

Por eso me resulta absurdo que algunos candidatos muestren su papeleta de votación. No hace falta. Es un despliegue innecesario –por no llamarlo de otra forma– que atenta contra el principio mismo del sufragio.

Le ha costado mucho a la humanidad llegar al sistema democrático que tenemos, con todas sus carencias e imperfecciones. Desde los reyes hereditarios, la votación de solo las clases altas, o solo varones “instruidos”, la votación de las mujeres, los espacios privados para votar han sido conquistas que costaron vidas, tiempo y esfuerzo. No se ha logrado sin luchas, retrocesos y logros. Aún hoy, millones de personas en el mundo no tienen acceso a él. Y dentro de ese largo proceso, el voto secreto ha sido una conquista esencial para garantizar que cada ciudadano/a pueda decidir libremente, sin presiones ni imposiciones.

Sin embargo, esa libertad está bajo ataque. Los partidos políticos, los caudillos de turno y, ahora más que nunca, las mafias y los grupos de delincuencia organizada (GDO) han encontrado maneras de controlar el voto de quienes consideran bajo su dominio. Uno de sus métodos más efectivos es exigir pruebas de votación: una simple foto de la papeleta para demostrar que se ha obedecido la orden.

Elección en modo Uber o Airbnb

No es un invento nuevo. Ya antes se ha manipulado el voto en sectores donde grupos de poder identifican qué mesas están dominadas por ciertos votantes y, si los resultados no les favorecen, las represalias no tardan en llegar. Sucedió antes. Sucede ahora. Vota el miedo, no el ciudadano.

Por eso es imperativo detener esta práctica. Impedir que se tomen fotos de la papeleta –sin excepciones, incluidos los candidatos– es una medida mínima para proteger la democracia. Sin una prueba material del voto, se dificulta la compra de voluntades, se reducen la presión y el chantaje, se previenen fraudes y manipulaciones, se disminuye el miedo y se refuerza la credibilidad del proceso electoral. Además, contribuye a la seguridad de los recintos y de los propios votantes.

Alertas

Entregar el celular junto con la cédula al ingresar a la mesa no debería ser un problema, considerando lo breve que es el acto de sufragar. Si logramos recuperar la privacidad del voto, tal vez podamos también recuperar la alegría de participar en las elecciones con la certeza de que, al menos en ese instante, somos verdaderos actores de nuestro futuro. (O)