Procrastinar es deliberadamente postergar la ejecución de una tarea sin aparente justificación realista y a sabiendas de que nos producirá efectos perjudiciales. La palabra significa “dejar para mañana” y afecta crónicamente al 20 % de la población, aunque más del 50 % admite haber pasado por periodos de irrazonable falta de voluntad y decisión para empezar o completar un trabajo. Es muy probable que a todos nos haya sucedido más de una vez.

En sí, no es una falla de la personalidad y tampoco es una manifestación de pereza (hay procrastinadores que no son perezosos y existen perezosos que no procrastinan). Es un hábito, una conducta aprendida y reforzada por sus consecuencias inmediatas: nos alivia el estrés y el sentimiento de culpa causado por no estar cumpliendo con la obligación contraída. Pero el trabajo se tendrá que realizar de todas maneras, sufriéndose las consecuencias negativas por el retraso (esta conducta jamás le representará un beneficio). Y no es que el procrastinador se queda “mirando al techo” mientras transcurre el tiempo. Por lo general, realiza una serie de pequeñas tareas que, por insignificantes que sean, súbitamente adquieren importancia en su mente, lo que le da la sensación de “estar ocupado en algo provechoso”.

Este hábito puede tener varios orígenes. Hay personas perfeccionistas que quieren tener todo en riguroso orden antes de empezar, y no lo logran, o personas inseguras que no saben cómo iniciarlo; también hay individuos que se comprometen a hacer más de lo que su capacidad les permite, o soñadores que esperan la inspiración correcta. Tienen un lugar especial quienes insisten en trabajar “bajo presión de tiempo”.

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Para vencer esta inercia mental se necesita reunir motivación y obligarse a empezar la tarea a una hora específica cada día señalado para trabajar (la organización mental comienza obedeciendo al reloj). Es importante fijarse metas realistas, no queriendo hacerlo todo de una vez, sino por partes que puedan completarse confortablemente. Al terminar cada segmento es aconsejable recompensarse por el éxito alcanzado. La sensación de logro será suficiente estímulo para enfrentar futuras tareas con cada vez mayores expectativas de actuar con confiabilidad y eficiencia, pudiéndose convertir en un hábito muy productivo. (O)