Antes de la jornada electoral todo es teoría, hipótesis, reportajes o encuestas (más o menos falibles), así como los egos de los candidatos que se creen inexorables y la de los opinólogos que creen tener todas las respuestas. Los resultados son realismo puro y nos permiten esbozar algunas ideas. Primero, y por primera vez desde el retorno a la democracia, una primera vuelta expresa la existencia de dos maneras muy distintas de concebir al Ecuador. ¿Son estas dos versiones irreconciliables? No deberían ser, aunque de lado y lado, en su reduccionismo y maniqueísmo, los dos bandos que pasaron al balotaje incrementan la división, el odio y la intolerancia. Estos son bandos que, para subsistir, se alimentan de ese antagonismo, al que tratan de anclar en supuestas identidades para que en lugar de una contienda por ideas, este sea un conflicto entre personas: vencer al otro para someterlo.
Segundo, hay que comprender que este escenario se da ante la ausencia de organizaciones políticas comprometidas con la construcción de sociedades democráticas. Estas son agencias de publicidad de aspirantes a caudillos, que no sienten ninguna responsabilidad por el futuro del país. Si la Constitución del Ecuador, cualquier tratado internacional o ley deben perecer para dar un golpe comunicacional –que lo presentan como triunfo–, lo harán. De un lado, se acusa de narcos a los que no votan por el autoritario que quiere ratificarse en poder y consolidarlo con una carta constitucional a su medida. Del otro lado, no tienen empacho en recordar a todo el mundo el odio que la libertad de expresión les provoca, sin una pizca de autocrítica.
Una tercera conclusión tiene que ver con el electorado y su patológica manera de esperar heroísmo mitológico en los políticos. Carlos Granés, uno de los grandes pensadores latinoamericanos de hoy, ha indagado en la historia de nuestros países a fin de entender este comportamiento social por el cual la historia debe partirse y refundarse constantemente, con el caudillo de turno. ¿No sería mejor exigir partidos orgánicos y políticos profesionales, que después de sus periodos de servicio vuelvan a sus casas y no pretendan que el país sea su hacienda familiar? Tenemos mucho que aprender como pueblos con derecho a decidir nuestro destino, pues hemos tolerado a esa clase política demagógica, chabacana y con delirios de grandeza. Les interesa mucho menos el país y su estabilidad que lograr escribir su nombre en las páginas de la historia, así sea con violencia.
Finalmente, creo que es imperativo comprender a este proceso electoral en el marco de la crisis de la democracia global, ya que los signos de su profundo debilitamiento son comunes a lo largo del planeta: sobre todo, identidades exacerbadas sin capacidad de consensos mínimos y un tejido social roto por la polarización política. Un peligroso fortalecimiento de la extrema derecha, incluso del fascismo, es una de las reacciones contra la canceladora cultura woke y el cansancio que atraviesan los lánguidos sistemas democráticos. Los fanatismos más radicales han vuelto y crecen cada día. La pregunta es: ¿cuán críticos podemos ser con estos fenómenos? (O)