Según el CNE, 10’765.065 personas vieron el llamado debate presidencial el pasado domingo, 23 de marzo. Y la pregunta más común ha sido: ¿quién lo ganó? Pocos han inquirido sobre quién lo perdió. A nuestro juicio, la respuesta sería el pueblo, porque el objetivo del mismo, entendemos, es que los electores se enteren de los planes que los candidatos tienen para sacarnos del marasmo en el que nos encontramos en los cinco ejes que propusieron los organizadores, sobre educación, salud y seguridad social, seguridad y criminalidad, economía y empleo; y, gobernabilidad. Quizás, información sobre esto es lo que menos hubo, en contraposición a los ataques personales que se dieron con mucha agresividad de parte de uno de los “contrincantes” y que no interesan a quienes sufren los embates de la pobreza, la violencia, la inseguridad, el desempleo, las enfermedades, etc. Tanto así que, nos parece que este supuesto “debate” no debió darse en un set de televisión sino más bien en un ring, donde uno de los boxeadores buscaba noquear al otro a como dé lugar, sin importar las armas.

Las elecciones como suicidio colectivo

Tal vez haya algunos a quienes bien impresione una postura de este género y se sienta inclinado a votar por aquel que más porrazos da al rival hasta verlo en el suelo; pero ese no es el objetivo del evento, que se convierte en un espectáculo de circo o de boxeo. Más bien, esto desnaturaliza la intención y muchos o algunos, impresionados por los golpes bajos, se inclinen más bien por aquel que “derrota” al otro porque ven en este una mayor fortaleza en la mirada, en los gestos o en el verbo.

Pero no necesariamente el que grita más o apabulla o agrede al otro contendiente de esa manera es quien está mejor capacitado para gobernar, menos a este país que baja aceleradamente por la pendiente.

¿Qué tal el ‘tal debate’?

Por ello pensamos que el encuentro debe darse desde la academia, con los estudiantes, quienes tendrían el derecho de inquirir a quienes pretenden gobernarnos sobre sus planes y la forma de ejecutarlos, de modo amplio y sin formatos esclavizantes, debiendo ser estos obligatoriamente publicitados por la prensa, a fin de que todos tengamos acceso a esa información y, a partir de ahí, podamos tomar una decisión sensata y razonada, y no al calor de ver contra las cuerdas o el piso a uno de los candidatos. Esto no es sano. Por eso es que, muchas veces, después de las elecciones, cuando ya nuestra suerte está echada, nos percatamos de que nos equivocamos nuevamente al apoyar a tal o cual pretendiente a gobernarnos siendo ya demasiado tarde.

Por otro lado, observamos, en este caso, que proviniendo uno de los contendores de una muerte cruzada, se halla en una aparente ventaja, porque puede esgrimir como arma las obras que se halla ejecutando. Sin embargo, esto puede ser, y de hecho lo fue, una herramienta de doble filo, porque el otro lo puede atacar en las debilidades que no son controlables por aquel, como las ocasionadas por las circunstancias o la naturaleza. Este es un argumento más para sostener que dicha figura debe desaparecer de la Constitución.

¿Para qué sirvió el debate?

Al final, pensamos que hemos vivido no un debate sino una pelea en un set que debió darse en un ring. (O)