Hasta en círculos académicos se cuestiona cómo el crimen organizado “penetró” el Estado. Este enfoque recuerda al resentimiento que alimentó el orden impuesto en la Guerra Fría, donde regímenes militares enfrentaron el “contagio” comunista. No es coincidencia que EE. UU. renovara entonces la “guerra contra las drogas” como diciendo ‘con mis consumidores no te metas’. Basada en una idealización, es una lógica que pretende exiliar toda incomodidad de la sociedad donde vive la “gente decente”. Así las organizaciones criminales se catalogan como elementos externos, infiltrados, reforzando la popularidad de la política de mano dura. En esta perspectiva se oculta un juicio de valor donde el orden público se confunde con la paz.

Admitamos que los criminales no son ajenos a la sociedad de mercado ni al orden público. Una parte sustancial de las ganancias ilícitas forman parte de la economía legal. Es un fenómeno global: en 2009, Antonio María Costa, entonces director ejecutivo de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, señaló que el dinero del narcotráfico mantuvo a flote el sistema financiero en la crisis de 2008. La animosidad la vemos con el Estado. El crimen organizado es un fenómeno político en tanto desafía el monopolio estatal de la violencia. Pero estos grupos viven en la clandestinidad y la violencia no es su característica primaria, excepto en casos de conflicto con otros grupos o el Estado. Por eso, lo criminal es distinto de la insurgencia. La organización criminal no busca derrocar el orden social consolidado, sino formar parte de él. De hecho, en la medida en que el Estado es incapaz de proveer servicios territorialmente, allí se desarrolla la gobernanza criminal de forma orgánica.

Una estructura orgánica se distingue por su capacidad de adaptación y regeneración. Como las células que remplazan a las que mueren para mantener cierto equilibrio, las organizaciones criminales renuevan sus componentes sin colapsar. Este dinamismo hace al crimen resiliente a los ataques bélicos del Estado nacional, medidas mecánicas que más bien fuerzan lo orgánico a responder. InSight Crime detalla cómo la represión y el hacinamiento transformaron al sistema penitenciario en una “economía criminal multimillonaria” al servicio operativo del narcotráfico. La mano dura, en lugar de solucionar, fragmentó las organizaciones criminales, incrementando la violencia y la competencia territorial. Las ramas volverán a crecer si las raíces permanecen. Para enfrentar al crimen organizado es necesario debilitar sus causas vitales.

Aquí la estrategia de la Alianza para la Seguridad de “cortar el oxígeno” al crimen organizado es acertada al apuntar a proteger poblaciones vulnerables, desarticular el flujo financiero ilícito y fortalecer los Estados. Observemos que el Estado nacional es una estructura mecánica en declive, tan tosca como frágil. Así lo evidencian sus fronteras abstractas y órdenes verticales desadaptados al dinamismo de la época. En contraste, el narcotráfico ha navegado mejor la globalización con redes elásticas y horizontales, lo que Fernando Carrión ha llamado “la articulación de carteles bajo las modalidades de franquicia o tercerización”. En tal situación no basta con buscar soluciones como si se tratase de encontrar un producto en el supermercado. Y no podemos proponer medidas si no identificamos el problema de fondo. El crimen organizado no es causa sino consecuencia de condiciones estructurales de naturaleza histórica.

El Ecuador, moldeado por la figura del hacendado, es terreno fértil para la organización del crimen. Arraigado un orden oligárquico y desigual, las comunidades destituidas fueron capturadas por economías ilícitas. Refundar nuestras instituciones requiere recuperar su sustancia orgánica: la persona singular. Esto es esencial para combatir la gobernanza criminal a nivel local y al narcotráfico a nivel regional. Enrique Ayala Mora apunta que “no se integran solo los Estados, sino los pueblos… cuando la gente común considera como propio el proceso y se siente parte de él.” Aplicado al contexto de la inseguridad, fortalecer la cohesión social y la participación comunitaria no solo permite integrar a los pueblos, sino que también debilita las bases estructurales del crimen organizado, como la exclusión sistemática y el clientelismo político. La pregunta correcta no es cómo el crimen penetró al Estado, sino cómo hilar el tejido social en una ciudadanía ajena a su capacidad orgánica de hacer política. (O)