Durante la campaña de primera vuelta electoral, y sobre todo después de esta, leo en diferentes plataformas y redes sociales cargos y descargos sobre malas prácticas periodísticas. Acusaciones van y vienen entre gente vinculada a la política y a la prensa, sentencias de aquellos que creen que, por tener un teclado a la mano, dominan cualquier tema jurídico, político, periodístico, etc., y a la voz de “es mi opinión” pueden rebuznar impunemente.

Primero que nada, debo aclarar que no soy periodista, al igual que la mayoría de quienes, sin una gota de sangre en la cara, dan discursos sobre ética periodística, mientras le dedican más tiempo a jugar tenis o a perder el tiempo en algún cafetín lleno de intelectualoides desempleados que a tan noble oficio.

Periodista es quien ha estudiado en una universidad la carrera denominada Periodismo, ha completado el programa académico y se ha titulado formalmente.

Tampoco soy comunicador, pues no ejerzo habitualmente la comunicación social o el periodismo. Soy abogado a tiempo completo. Dicho esto, debo precisar que deambulo en el mundo del periodismo desde hace más de 30 años, como abogado de periodistas, medios de comunicación y gremios periodísticos. También fui director ejecutivo de la Asociación Ecuatoriana de Editores de Periódicos (Aedep) por más de siete años, lo que me permitió profundizar en el conocimiento de la problemática de la prensa, de las visiones del propietario del medio, del editor, del reportero, del fotógrafo, del presentador de noticias, por mencionar a algunos de los actores.

Entonces, sin ser periodista ni comunicador, puedo afirmar que he visto correr bastantes aguas turbulentas debajo de este puente llamado periodismo. Entonces, vamos a aclarar ciertos conceptos.

Miguel Ángel Bastenier dijo en una conferencia a la que asistí hace un par de décadas, que aquel periodista que decide transitar en primera persona en la política dejó de ser periodista para siempre. Y estoy de acuerdo. En adelante será comentarista, analista, cualquier cosa menos periodista.

Por otro lado, en tiempos en los que las líneas se han borrado, o las han borrado expresamente unos cuantos vivos, vale recordar el famoso círculo virtuoso de la prensa: independencia económica, independencia editorial, credibilidad, mayor audiencia, mayor publicidad, independencia económica, etc. De modo que un medio cuyo principal ingreso proviene de un solo anunciante-auspiciante, y que de paso sea autoridad o persona con interés político, no puede hacer prensa independiente. No digamos el caso (que los hay) en que un político en ejercicio de un cargo público tiene un programa de opinión y entrevistas.

El verdadero periodismo, el que toda nación democrática necesita, no se casa con el poder ni con la oposición; ni ideológicamente, ni menos por una jugosa pauta. Quien defiende con fervor militante a un gobernante desde la prensa no se convierte en buen periodista cuando critica a otro, opositor de su otrora adalid. El periodista de verdad se debe a sus lectores/audiencia y a la verdad, a su verdad. Se debe al interés público y a la democracia. Los demás son cualquier cosa menos prensa independiente. (O)