Los diálogos emprendidos por las delegaciones estadounidense y rusa, a propósito de la guerra en Ucrania, ilustran el curso unilateral que va a tomar la política de Donald Trump. El presidente estadounidense, en el simbolismo del diálogo con la Rusia de Putin, no solo que ha abandonado la tradicional estrategia de cautela hacia Moscú, prevaleciente desde la época de la Guerra Fría, sino que, en el camino, ha dejado desubicados a los Gobiernos de la Unión Europea. Estos países han apoyado a Kiev en su defensa contra la invasión rusa, preocupados por su propia seguridad y la percepción de amenaza erigida sobre las lógicas de expansión o control político territorial que ha tenido Moscú a lo largo de los últimos años en su entorno inmediato. No es un mundo de lealtades y compromisos el que enuncia Trump y Latinoamérica no es ajena a él.

Al contrario de las primeras especulaciones que intuían cierto regreso al aislacionismo de los Estados Unidos, Trump parece promover un nuevo tipo de intervencionismo. Coincide con Putin en hacer de la Unión Europea, el consorcio político y económico de países de esa región, el blanco de sus ataques. Ambos jefes de estado han preferido relacionarse con los socios de la Unión por separado antes que reconocerla, y para cumplir esa estrategia, no han tenido escrúpulos en aliarse con las organizaciones más radicales de la derecha, que siempre han sido antieuropeístas y nacionalistas. Lugartenientes como Elon Musk han hecho abiertamente campaña por fuerzas políticas extremistas en varios países.

Una reacción global marcadamente ideológica en contra de las agendas liberales y progresistas del siglo XXI vincula a esas derechas que también son mundiales, al populismo de Trump y al conservadurismo nacionalista de Putin. La cruzada “anti woke”, la guerra cultural, es probablemente la más visible, y consiste en recuperar el control sobre los cuerpos de las personas desde los Estados, cimentado por la tradición o las religiones, dispositivos igualmente ideológicos y dominadores.

Para las visiones convencionales de las relaciones internacionales, sobre todo las obsesionadas con la geopolítica, esta dimensión valórica es periférica; sin embargo, al igual que las ideas de sistema global basado en reglas, libertad de comercio, o democracia liberal, que legitimaron frágilmente el orden internacional luego de la Segunda Guerra Mundial, estas visiones inspiran un nuevo mundo, una renovada institucionalidad y sistema de alianzas, al menos desde la perspectiva de Occidente. Se trata del conservadurismo que promueve el regreso a la centralidad del estado nacional desde la tradición y reacciona contra la percepción de libertinaje provocada por la última etapa de la globalización.

América Latina no es ajena a esta arena de disputa cultural internacional. Trump tiene aliados incondicionales en algunos Gobiernos de la región. Las derechas se han vigorizado, pero no solo ello; hay también izquierdas que son ultramontanas y conservadoras. La paradoja de un nuevo orden basado en valores tradicionales, con actores aparentemente tan distantes como Trump y Putin, puede reproducirse tranquilamente en el hemisferio occidental. (O)