Cuando una sociedad está rota por la incertidumbre, la frustración y el miedo es necesario rescatar la esperanza y el optimismo en la capacidad de la política para reconstruir la confianza social. Una política de la esperanza que responda al cinismo político y al pesimismo social para restaurar la credibilidad en el Estado y su capacidad institucional al servicio del bien común.

Arthur Schlesinger Jr., en su libro Politics of Hope, señala que la esperanza es una fuerza activa y transformadora, vinculada a los ideales democráticos, que impulsa a la acción política y al compromiso cívico a superar las crisis que afectan al Estado y comprometen el bienestar social. Lejos de ser ingenua y puramente idealista, la esperanza que Schlesinger nos propone combina inspiración y pragmatismo, establece metas ambiciosas pero alcanzables dentro de las limitaciones y complejidades de la realidad de una sociedad. Este enfoque rechaza los dogmas, las ideologías rígidas y la lucha entre contrarios, que dividen a la sociedad, priorizando la adaptabilidad y la capacidad de responder, con creatividad y eficacia, a los desafíos de una realidad en constante cambio, y fomentando la confianza en el potencial ciudadano para construir un progreso basado en la unidad nacional. De acuerdo con el último informe de Latinobarómetro 2024, la sociedad exige una política que responda a las necesidades de cambio que fortalezca la democracia y facilite las oportunidades de progreso: “el 35 % de los ciudadanos de la región considera que las sociedades pueden mejorarse con pequeños cambios, un 29 % dice que se necesitan reformas profundas y un 26 % sostiene que debe cambiarse radicalmente”.

Esta política de la esperanza se contrapone a la política del miedo, que se basa en explotar ansiedades e inseguridades sociales para consolidar o capturar el poder, muchas veces recurriendo al autoritarismo. Utiliza las preocupaciones legítimas de la sociedad, como la amenaza de la guerra, la crisis económica o las tensiones sociales para movilizar emociones, como la indignación y la desconfianza, que justifiquen decisiones precipitadas o autoritarias comprometiendo los principios democráticos y el Estado de derecho. Para Schlesinger, este cinismo político paraliza la acción cívica, promueve el conformismo, sumerge a la ciudadanía en la resignación, en el pesimismo social y siembra apatía en la política. El informe de Latinobarómetro evidencia que “el desinterés en la política alcanza el 69 % de la población en la región; el 51 % considera que la política es muy complicada y el 75 % de ciudadanos no se sienten representados por el liderazgo político actual”.

Al contraponer la esperanza y el optimismo con el cinismo y el pesimismo, Schlesinger hace un llamado a los gobiernos y líderes políticos a ser agentes activos de un cambio en la forma de hacer política, en abandonar el enfoque defensivo y reactivo que socava la esencia transformadora de la política, al reducirla a ser una herramienta de contención en lugar de ser un motor para inspirar y construir una política que venza el miedo, fomente el compromiso cívico y la responsabilidad compartida. (O)