Sucede año a año: diciembre aparece, con su mezcla de tráfico, ajetreo; y, en el caso del Guayas, también con calor. Parece que todo lo que dejamos de hacer durante once meses tuviéramos que hacerlo en 20 días.

Seguramente usted, amigo lector, está estresado y siente que el tiempo no le alcanza. Tal vez todos estamos así. Hemos vivido un año duro, lleno de desafíos en todos los planos. Localmente y sin ánimo de queja, hemos enfrentado inseguridad, cortes de luz, recortes de personal.

A nivel mundial tampoco el panorama ha sido mucho mejor: guerras, violencia, inestabilidad económica.

Pese a todo lo dicho, usted coincidirá conmigo en que diciembre también trae una suerte de cosquilleo, una sensación de alegría que no se puede explicar.

Es como si quisiéramos dejar todo lo malo en pausa y soñar con que los seres humanos somos más solidarios, más empáticos.

Las manifestaciones de cariño y las reuniones se multiplican. Y el mes nos va llenando de su espíritu festivo.

Mi intención es proponer un momento de reflexión hacia el sentido trascendental de la época. Un afectuoso llamado a compartir –en medio de toda la algarabía propia de diciembre– ideas en torno al motivo real de la Navidad, que creo va mucho más allá de estas manifestaciones cotidianas, que, aunque pueden ser muy simpáticas, terminan por agobiarnos.

Si ponemos la mirada en lo esencial, en lo que a todos nos importa, es más fácil vivir la Navidad con sentido de paz.

¿Qué es lo que todos queremos? Usted, mi amigo lector, que tiene su propia ideología y creencia religiosa personal, sabrá contestar desde su óptica esta inquietud; pero creo que no habrá discusión alguna en que, sin importar raza ni condición, todos queremos unión familiar y bienestar para los que amamos.

En ese sentido, no interesa la religión o el dinero: los seres humanos buscamos siempre lo mejor para los nuestros; y el de amor se traduce en sacrificio, al igual que el amor que nos trae la Navidad.

Siempre he creído que nuestro escenario local tiene un poquito de ese Belén que vemos en los cuadros: los padres de familia, como María y José, procurando mostrar ilusión aun en las situaciones más complicadas; los trabajadores, como los pastores, pasando la noche en vela, con confianza en un futuro mejor; la inocencia y la alegría de los ángeles que se refleja en nuestros pequeños; nuestros migrantes que vienen de todas partes para abrazar a los suyos, y me recuerdan a esos Reyes Magos que llegaron cargados de regalos. En fin, nuestro pueblo es un ejemplo de tesón y esperanza. De solidaridad, resiliencia y valor.

A todas las familias ecuatorianas, en especial a mis lectores que me acompañan cada semana, les deseo una Navidad llena de paz, de gozo que viene del espíritu verdadero, del amor incondicional. Que brille para nuestras familias la esperanza en días mejores, y que cada uno de nosotros cuente con la bendición de tener una familia, en cuyo seno los hombres son verdaderamente amados e importantes. (O)