Aristóteles dijo alguna vez: “La esperanza es el sueño de los despiertos...”.
Y con esa poderosa frase como premisa, hoy quiero concentrarme en transmitirle, amigo lector, lo que desde esta columna esperamos del 2025, pues no podemos seguir anclados en el año que se fue.
Sin embargo, tampoco podemos olvidar el punto de partida de este 2025: un Ecuador extremadamente inseguro, a pesar de los esfuerzos oficiales; un sistema de salud pública colapsado y la economía en recesión, saliendo de una muy grave crisis energética, por citar los tres ámbitos más importantes, al momento de dar una visión de país.
Visto así, pareciere que en el 2025 no nos puede ir peor; sin embargo, ya van varias veces que hemos creído lo mismo, y el tiempo nos ha demostrado que siempre se puede estar peor.
Como lo hemos dicho varias veces en esta columna, el estado de postración del país es el acumulado de muchos factores: desaciertos e inacción de varios gobiernos, situaciones geopolíticas, factores climáticos, entre los más relevantes. De modo que pretender cargarle al actual Gobierno todas las cruces que cargamos, además de injusto, resulta irracional.
Pero la realidad es que estamos como estamos. Nos falta lo que nos falta y necesitamos lo que necesitamos. Es lo que es.
Y en este estado del país, Nadie puede impedir que deseemos mejores días para nuestras familias. Nadie tiene derecho a quitarnos la esperanza de un mejor Ecuador.
Porque en la medida en que estamos vivos, tenemos derecho a soñar.
Quien quiera conformarse con el Ecuador de hoy está en su derecho. Quien anteponga sus fantasmas y temores a la esperanza de un mejor Ecuador está en su derecho; e incluso, quienes crean que estamos encaminados hacia mejores días están en su derecho.
Pero así también, deben respetar (sin estigmatizar) a quienes creemos que el país necesita un cambio de rumbo, un golpe de timón.
No me resigno a creer que esto es todo lo que podemos ser como nación. No me conformo. Yo sí tengo la esperanza de un Ecuador de paz, en el que las instituciones estén al servicio de los ciudadanos, y no al revés; en el que el sector privado sea el motor de la economía y el Estado un facilitador; en el que los litigios los gane el que tiene al derecho de su lado, y no el que amarra o hace que el poder de turno le pegue un telefonazo al juez; en el que ser servidor público sea un honor y su remuneración le permita subsistir dignamente; en el que la salud pública salve vidas; en el que la seguridad jurídica atraiga la tan necesaria inversión extranjera.
Por eso, he tomado prestado un fragmento de la letra de Un año más, del genial Nacho Cano, para expresar mi deseo de que realmente nos “sacudamos” del letargo en el que estamos atrapados y hagamos realidad nuestro sueño de vivir mejores días.
“A ver si espabilamos los que estamos vivos y el año que viene nos reímos...”.
¡Feliz y bendecido 2025! (O)