A dos semanas de su regreso a la Casa Blanca, las medidas adoptadas por Donald Trump han sido una continuación de la retórica de su campaña electoral. Sin embargo, lo que resulta realmente intrigante es la emulación, desde el Ecuador, de sus políticas comerciales utilizadas como instrumento de intimidación en la arena internacional.

Se puede intuir que la estrategia de Trump, al amenazar con aranceles a sus principales socios, busca reducir el déficit en la balanza comercial de Estados Unidos, el cual representa poco más del 4% de su PIB. En términos monetarios, el desequilibrio con China asciende a 25 mil millones de dólares, 20 mil millones con la Unión Europea y 15 mil millones con México. Las medidas adoptadas siguen una lógica proteccionista convencional: encarecer las importaciones y, mediante incentivos tributarios, estimular la producción doméstica. Esta estrategia ha sido aplicada sistemáticamente por economías latinoamericanas desde los años 60 hasta la actualidad.

Este enfoque plantea al menos dos problemas en el ámbito internacional. El primero es la posible fractura del escenario global regulado por la Organización Mundial del Comercio. Dicho régimen, basado en normas que promueven la libertad de intercambio, ha sido respaldado históricamente por Estados Unidos, los que ahora sacrifican su tradición liberal en aras del espectáculo.

El segundo es que los aranceles anunciados se desacoplan de los temas comerciales y explícitamente se esgrimen como cachiporras intimidatorias para producir la imagen de dominio y subordinación. La lógica de este uso no es el equilibrio del déficit sino el ejercicio unilateral de poder, para eventualmente forzar a la aquiescencia de las contrapartes a ejecutar conductas alrededor de intereses políticos, no necesariamente económicos.

Esta política cuyos resultados probablemente van a ser contraproducentes para los Estados Unidos: aumento de la inflación, desaceleración del crecimiento, desabastecimiento de insumos productivos, por ejemplo, puede de todas maneras ser ejecutada por una economía que en todos los casos es más fuerte que la de sus contrapartes, pero no hay explicación que sustente la imitación de la misma por un país pequeño y profundamente vulnerable en el contexto de comercio internacional, como es el caso del Ecuador.

La economía ecuatoriana está dolarizada, requiere para su estabilidad divisas de todas las fuentes posibles. Necesita libertad de comercio con todos los socios, incluyendo aquellos que tienen lejanía política. Imponer aranceles a México, sin justificación económica alguna, no sólo que es particularmente inútil, porque no va a tener ningún impacto en ese país, dado lo insignificante de la cuota de exportaciones al Ecuador, sino que construye la desafortunada imagen de un estado desconfiable, irracional en términos comerciales, lo que no es precisamente un brebaje agradable para los socios internacionales con los que se relaciona.

Si la decisión, en cambio, fuera motivada por necesidades electorales que requerían de una imagen para precipitar algunos sufragios, los costos pueden ser mayores que los beneficios calculados, pues el tema es periférico en las necesidades de los votantes, y la percepción sobre la seriedad de la medida en el exterior ha sido francamente negativa. (O)