Salirse de los senderos establecidos, dejar basura o iniciar un incendio por una fogata o desecho de una colilla de cigarrillo son algunos de los impactos que se evidencian en las áreas protegidas del país.

El inicio del confinamiento por la pandemia del COVID-19 en marzo del 2020 conllevó el cierre total de las áreas protegidas del Ecuador, pero fueron reabiertas a partir de julio del año pasado de forma paulatina, sobre todo cuando se determinó que la opción al salir eran los paseos al aire libre con distanciamiento social.

Con ningún arribo de turistas extranjeros, las promociones se volcaron hacia el mercado interno, por lo que se observó un incremento en el número de visitantes a las áreas protegidas o naturales.

Es el caso de las llegadas al ecosistema páramo a través del teleférico de Quito o por las rutas con acceso de motos, dice Robert Hofstede, asociado a la oenegé Ecopar.

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“Como los alrededores del teleférico, cuando se sube y se sale de las cabinas, no son área protegida, pues no hay guardias. Los que cuidan esa área natural de páramo son los miembros de la comunidad, pero no se dan abasto. En un domingo pueden estar centenares de personas. La mayoría sigue el camino principal, pero algunos dejan basura tras hacer su pícnic; no hay control”, asegura Hofstede.

Estos páramos son el acceso a la cima del volcán Pichincha. El tema es que este ecosistema tiene un suelo esponjoso con vegetación que tiene materia muerta, por lo que el suelo es muy sensible a incendios. “Un fósforo mal tirado puede hacer daño. Hace dos años se dio un gran incendio en el Atacazo, justo al sur del Pichincha, por algunos caminantes poco cuidadosos”, dice el especialista.

Ya hay erosión en la subida al Pichincha por la presencia masiva de visitantes, agrega. Otro acceso es a través de la comuna San Francisco, por donde se ingresa en moto.

En el Parque Nacional Cotopaxi hay guardianía y control, pero se ha visto una llegada masiva de turistas nacionales, a quienes los concentran en dos áreas para no dispersar el impacto: la laguna Limpiopungo y el parqueadero al refugio. “Fácilmente llegan hasta dos mil personas. Los guardaparques no tienen chance de ir más allá de acciones básicas como registrar a la gente y asegurar que los carros estén bien parqueados”, dice Hofstede.

La cantidad de turismo local que visita las áreas protegidas aumentó a partir de julio y agosto del 2020, afirma, lo que coincidió con una disminución del número de trabajadores del Ministerio del Ambiente. “Las áreas del pícnic son rebasadas y en el Parque Nacional Cotopaxi se dan en zonas donde no deben darse”.

Otro destino y actividad popular en la Sierra es la excursión a la laguna Amarilla, a la que se accede a través de la entrada al Parque Nacional Sangay, que está en la provincia de Chimborazo. El recorrido es de dos días en promedio.

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Cuando en marzo y abril últimos había restricción los fines de semana, la única que no tenía estas medidas era Chimborazo, por lo que aumentó la llegada de turistas a la laguna Amarilla, que es parte del sistema lacustre del nevado Altar. En la travesía se incluye el uso de caballos de carga, lo que ejerce presión en los caminos.

“Es positivo que vayan a los parques y que disfruten de las áreas naturales, pero por la falta de control y de información a la ciudadanía pues se dan estos impactos”, indica Hofstede.

Uno de los puntos más visitados en la región Costa es la playa de Los Frailes en el Parque Nacional Machalilla, donde se regula el ingreso.

También hay la búsqueda de playas más desoladas, como las que están en la Reserva Marina El Pelado, en Santa Elena, que incluye puntos para la anidación de tortugas marinas. El ruido de los parlantes puede alejar a los quelonios.

Es habitual esconder al perro en los ingresos para luego soltarlo en las playas o en las áreas naturales. Esto perturba a la fauna silvestre. “Sin mascotas, que son lindas pero en la casa”, asegura Hofstede.

Pablo Cun, técnico en biodiversidad de la Fundación Probosque, que administra el Bosque Protector Cerro Blanco en Guayas, asegura que ese lugar tiene ventajas respecto a otros, ya que todo visitante tiene que ir acompañado de un guía que controla, por ejemplo, que no quede basura. Pero reconoce que hay problemas en los accesos no autorizados, donde hay indicios de caza. (I)